Tierra Adentro
Pixabay.

Pixabay.

Hoy martes 3 de noviembre serán las elecciones de Estados Unidos, un acto con repercusiones globales, marcadamente en la política exterior y la economía de México. A estas alturas, casi todas las encuestas le dan un amplio margen de victoria al demócrata Joe Biden con un promedio de ocho puntos. Pero no debemos olvidar que, debido a que en Estados Unidos no rige la fórmula del voto popular sino que es una elección en segundo grado para definir a los representantes en el Colegio Electoral, cualquier cosa puede pasar todavía.

En las elecciones pasadas, Hillary Clinton tenía una ventaja similar en las vísperas de la votación, pero el día de la jornada electoral estados clave y bisagra se inclinaron por el empresario republicano Donald Trump, quien obtuvo una victoria que casi ningún analista vaticinó. Hoy es diferente: a pesar de la ventaja de Biden, nadie descarta que Trump podría ser reelecto debido a que el sistema de votación estadounidense lo mantiene vivo.

¿Cuál es el escenario más probable en este momento? Hay por los menos trece estados que no parecen tener a un ganador claro según las encuestas, por lo que son los que realmente estarán en disputa el próximo martes. Como en 2016, la clave parece estar en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, integrantes del “rust belt”, y que Trump les ganó a los demócratas por muy estrecho margen y contra todo pronóstico. Hoy, Trump vuelve a tener los momios en contra en esos estados. A diferencia de hace cuatro años, hoy nadie lo está dando por muerto.

Otros estados en disputa son Florida y Arizona, donde Trump se ha esmerado por conseguir el voto latino, especialmente en Florida tiene muchas simpatías con la comunidad cubano-americana. Mientras, los demócratas han mandado a Barack Obama a la península para contrarrestar los esfuerzos de los republicanos. El péndulo se mueve y será hasta el martes que sepamos hacia donde se inclina el fiel de la balanza.

Lo que será particular de estas elecciones, más allá del resultado, es el proceso mismo. La elección de 2016 estuvo marcada por las fake news en sitios como Breitbart News o con la participación de Cambridge Analytica, los algoritmos en Facebook y Twitter hasta la supuesta injerencia rusa. Sin que todo esto haya desaparecido, en el escenario actual tiene más relevancia la conformación del sistema político estadounidense. Desde la distribución del Colegio Electoral, hasta judicialización de las elecciones y la nueva redistribución de contrapesos en la Suprema Corte de Justicia a raíz de la muerte de la jueza liberal Ruth Bader Ginsburg y el nombramiento como su sucesora de la conservadora Amy Coney Barret, son cuestiones que se han debatido más en los medios que una desangelada campaña electoral debido a las restricciones por la pandemia del COVID-19.

Durante toda la campaña Donald Trump ha cuestionado la fiabilidad del voto por correo, advirtiendo que una manipulación de este formato pudiera derivar en un fraude electoral. Debido a la insistencia en esta narrativa por parte de Trump y la reconfiguración de la Suprema Corte, varios analistas consideran que el proceso electoral estadounidense puede terminar en instancias legales. Y es posible, dado que son varias las elecciones en Estados Unidos que han terminado en impugnaciones, la mayoría en el siglo XIX, con solo dos casos en la pasada centuria.

En 1960 la contienda entre John F. Kennedy y Richard Nixon dio como resultado la elección más reñida en cuanto al voto popular, con apena una décima diferencia a favor de Kennedy, aunque la diferencia en el Colegio Electoral fue mucho más amplia. Las voces de los republicanos clamaron fraude, y aunque hubo recuento de votos en algunos estados, el resultado final se mantuvo. Fresca está en la memoria la disputa de 2000 entre George W. Bush y Al Gore que tuvo como epicentro a Florida, y que terminó decidiéndose en los tribunales de la Suprema Corte a favor del candidato republicano.

Las disputas poselectorales, señalamientos de fraude y la judicialización de los resultados no son situaciones ajenas a la democracia estadounidense. El único punto de quiebre del sistema fue el proceso electoral de 1860, cuando el triunfo cómodo del republicano Abraham Lincoln dio paso a una declaración de secesión de siete estados y el comienzo de la Guerra de Civil. Es la única vez que un resultado electoral puso en jaque a nuestro vecino del norte y, curiosamente, el sistema político nunca se reformó porque la coyuntura era económica y no política, normativa o procedimental. Al contrario, después de la Guerra Civil se arraigó mucho del habitus de la política estadounidense que pervive hasta nuestros días.

Es por esto que resulta exagerado, al menos, afirmar que Donald Trump atenta contra la democracia estadounidense. Antes ha habido personajes como Richard Nixon o George W. Bush que han tenido discursos hostiles, han acusado o perpetrado fraudes electorales y han encaminado los resultados finales hacia el terreno de los tribunales. Trump no es el único ni el último de la lista de estos personajes, y de momento, por más incendiario e irrespetuoso que sea su discurso, que descalifique el proceso (i.e. voto por correo) o que busque la judicialización de la política, no se vislumbra un rompimiento en el sistema político estadounidense debido a que no hay discrepancias significativas en el terreno económico.

Los republicanos tienen más intereses en el modelo extractivista y las políticas energéticas, mientras que los demócratas están más metidos en el sector financiero, pero no son proyectos excluyentes, sino complementarios, en el modelo de economía imperialista de Estados Unidos que vive un periodo de incertidumbre ante la pandemia y la reestructuración del capitalismo global y el actual sistema de producción y distribución de mercancías.

¿Pronóstico? Todo parece indicar que la balanza del voto popular y electoral se inclinará para Biden, aunque seguramente veremos un escenario de confrontación poselectoral en algunos estados que pudieran terminar en la Suprema Corte, donde Trump pareciera tener cierta ventaja.

Sea cual sea el resultado, Biden o Trump, republicanos o demócratas, no se perciben más que cambios cosméticos en la economía o en la política exterior, mientras que el mayor cambio estaría en que en la Oficina Oval ya no esté un líder estridente, sino uno soso.

Ojalá pronto veamos un movimiento ciudadano y popular que verdaderamente busque una redefinición de la política y el establishment estadounidense. La semilla puede estar en el movimiento de BLM (Black Lives Matter), sobre todo si logra reunificarse y encontrar un liderazgo a mediano plazo.

 

Secretaría de Cultura