Tierra Adentro

Archivo personal de Iveth Luna

1

Mari no quiso cuando le dije que si jugábamos a las luchas: Yo te pego y tú me pegas a mí. Teníamos 7 años de edad y acostumbrábamos jugar a la tiendita. Recolectábamos envolturas de sopas Yemina, cajitas vacías de Knorr tomate; tomábamos prestadas botellas de vidrio de coca-cola y recogíamos algunas tapas vacías de huevo.

Yo era la señora que despachaba y ella la compradora. El momento más interesante llegaba cuando no tenía con qué pagar, entonces debía extenderle un papel donde anotaba los precios de los abarrotes y le hacía prometer la liquidación de su deuda. Después intercambiábamos los lugares y así sucesivamente hasta que nos llenábamos de aburrimiento.

Agachó la cabeza cuando pregunté si podía darle una cachetada. O si podíamos jugar a ahorcarnos. Ándale, Mari, nomás poquillo. Volvió a negarse. Estábamos sentadas en la banqueta de mi casa. Me paré, ya me estaba desesperando. Ella también se puso de pie, un poco confundida. La empujé y dijo en voz bajita que no.

La agarré del cabello y se lo estiré, a ver cuánto aguantaba. ¡Defiéndete, mensa! Pero no opuso resistencia. Le di una cachetada y la azoté contra la pared de mi casa. Se puso a llorar. Mi corazón latía tan rápido. Unos segundos después Mari huyó a su casa, ubicada a dos de la mía. ¡Eh, Mari, no te creas!

 

2

En 1997, papá era obrero y hacía turnos dobles en una fábrica de Apodaca para pagar la casa de INFONAVIT en la que vivíamos. Mamá horneaba pays de queso y empanadas de cajeta y piña. Durante las tardes salía a venderlas, las llevaba en una vasija cubierta con una servilleta de tela. Gritaba casa por casa: ¡Compra pay de queso! Señora, ¿no compra pay de queso?

Mi hermano mayor y yo la pasábamos solos, a mi hermana menor la cuidaba una vecina o yo. Meses más tarde, nosotros también saldríamos a vender el pan que horneaba mamá. Por lo pronto, él y yo peleábamos a la menor provocación, solo me llevaba dos años. En una pelea tomó un cuchillo de la cocina y me lo puso en el cuello. Con el llanto entre cortado y el coraje que me quedaba grité que me lo clavara. ¡Ándale, pinche güerco! No dejé de sorberme los mocos. Nunca se lo conté a mamá.

 

3

Mari fue una de mis primeras amigas. Llegamos casi al mismo tiempo a la Unidad Habitacional Independencia. Las casas recién pintadas, los retoños apenas echando raíces en las banquetas, las calles planas y un perímetro baldío: montes a los que después iríamos de excursión acompañadas de mi ánfora de osito azul con Joya de Ponche y la bolsa de naranjas con chile que me amarraba a la pretina del short.

También nos gustaba jugar al camioncito. Hacíamos una fila con sillas y recolectábamos boletos tirados. Los niños se acercaban a jugar, pero siempre lo arruinaban todo porque no seguían bien la dinámica. Debíamos ahuyentarlos; nuestros papás no nos dejaban jugar con niños. Un mandato que siempre rompíamos porque abundaban los güercos en la calle, y de morritas nada.

El papá de Mari se llamaba Alonso y no tardó en irse a jalar a los Estados Unidos. Prometió un futuro lleno de dólares y juguetes. Su mamá, Tere, se quedó a cargo de ella y de Sara, su hermana mayor, y Alonsito, un bebé de meses. Los dólares sí llegaron. Compraron una tele grande y una sala nueva. Pero luego de algunos meses el señor dejó de llamar y enviar dinero, así que Tere tuvo que empeñar la tele, devolver la sala y les cortaron la línea telefónica.

Mamá dejaba que Tere marcara desde el teléfono de la casa, aunque fuera de larga distancia; le daba un kilo de frijol o una taza de arroz y a veces mandaba con Mari un plato de comida. Un taco. Don Pipe, el dueño de la tienda de en frente, extendía cartones a Tere donde anotaba el precio de la despensa en calidad de fiado, siempre con la promesa de que pagaría tan pronto como su esposo mandara el dinero.

 

Archivo personal de Iveth Luna

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4

Pedir fiado era una de las cosas que más me avergonzaba de chiquilla. Me angustiaba ir a la tienda con el cartoncito repleto de números, ya sin espacio para anotar más. Un medio kilo de huevo, un litro de leche Lala, un Kool-Aid y medio kilo de azúcar. Me los anota, por favor, don PipeSe los voy a anotar, Lilí, pero dile a tu mamá que sólo le voy a fiar hasta el viernes, tiene que liquidar primero este cartón.

Cruzaba la calle, metía la mano por la parte agujereada de la mosquitera y abría el seguro. Dejaba las cosas en la cocina, mamá preparaba todo con apuro y yo ayudaba.

La cocina: dos metros por uno de extensión, el lugar donde mamá utilizaba el ingrediente secreto. La cocina: el rostro rojo de mamá, su mano meneando el cortadillo, las lágrimas cayendo sobre el guiso, sazonándolo.

La cocina: ese lugar que también era un ring y a donde no nos acercábamos cuando los luchadores lucían sus maniobras.

 

5

La primera vez que tuve piojos fue porque Mari me los pegó. Ella tenía una larga cabellera lisa color negro azabache. Sara también tenía el cabello largo, pero rizado. Después de que mamá me quitara cada piojo, la convenció de dejarse espulgar y la trajo al patio.

Se sentó en una silla, puso una sábana blanca sobre sus piernas y recostó su cabeza. Comenzó a espulgarla. La sábana se llenó de pequeños lunares negros que se movían. Pero yo ya no miraba los piojos, las manos de mamá separando delicadamente cada cabello de mi amiga ocupaban toda mi atención.

¿Por qué mamá trataba con tanta delicadeza a una niña que no era su hija? A mí me chocaba cómo peinaba mamá, siempre me dejaba bordos. Aprendí a peinarme sola. ¿Pero esta pinche güerca qué?

Los celos. Una cosa era que la invitara a comer y otra que la dejara entrar a mi cuarto en la noche mientras yo estaba acostada. Como papá hacía turnos nocturnos, mamá se quedaba a platicar hasta tarde con las vecinas y le permitía pasar a la casa sin problema.

Descubría a Mari en el borde de mi cama, de pie, burlándose por haberme visto dormir; sus dientes brillando entre lo oscuro. Me encabronaba. Por más que explicaba a mi madre que no la dejara entrar cuando yo estaba dormida, siempre lo volvía a hacer. Mamá no tenía tiempo para mis babosadas. La luz de la calle la seducía y ella solo quería escapar.

Los piojos no cedieron y Tere optó por rapar a sus dos hijas. Dos niñas sin cabello: dos mujeres con vergüenza. Todos se burlaban de ellas. Mari y Sara: las raras de la calle Allende. Mari y Sara: niñas que parecen niños.

Ese fue el segundo motivo para convertirse –por años– en el objeto de las críticas de las señoras de la calle, el primero había sido que el papá las abandonara. Con la cabeza rapada delataban que alguien no las había cuidado bien. A sus espaldas, me burlaba con los otros niños vecinos. Esa era mi venganza por invadir mi intimidad.

 

6

Crecimos con pequeñas manchas en la cara que las vecinas diagnosticaron a causa del sol. Crecimos con pequeños mapas en la ropa, un territorio marcado por el sudor, las babas y la suciedad del pavimento. Con las uñas llenas de tierra, con la panza atiborrada de lombrices, con una bolsa de Joya de ponche en la mano izquierda y otra de Rancheritos ahogados en salsa Botanera en la mano derecha.

Papá solía darme algunos pesos para que le fuera a comprar tostadas con salsa y un bollo de chamoy. Ése era el momento que más amaba de papá, cuando se ponía de buen humor y me daba dinero para comprarme un durito sencillo.

Me encantaba enchilarme y lagrimear, me gustaba tanto que hasta Doña Mona, la esposa de Don Pipe, un día me dijo que me pagaría 2 pesos si comía 2 chiles piquines sin tomar agua. Y así lo hice. La Doña no paraba de reír.

Una nueva familia se mudó a la casa de en frente de la de Mari. El señor Arnoldo y la señora Tina, que tenían un niño de dos años y una niña de tres. Trabajaban por las tardes y pidieron a Tere que le prestaran a Mari para que cuidara a los hijos. El señor Arnoldo volvía primero a casa, metía a los niños, a Mari y cerraba la mosquitera. También la puerta. Desde la banqueta podía ver la escena mientras succionaba mi bollo de chocolate.

Un día me dijo que ya no quería cuidar a los niños. A mí el señor me caía mal, no me gustaba que siempre quería saludarme de beso. Es que a mí a veces me toca las piernas. Quise que me explicara cómo y por qué, pero cerró su boca. Los dientes blanquísimos se escondieron. Le dije que le contara a su mamá. Ya se lo había dicho. Necesitaban el dinero. Solo se hundió de hombros.

 

7

Las tardes en la calle se multiplicaron como las larvas de moscas que estaban en nuestras bolsas de basura. Pequeños arroces con vida a los que les crecieron ojos y alas para volar. La señora Tina dejó de trabajar para dedicarse a preparar hamburguesas en un asador afuera de su casa. Las vendía a 2 por 8 pesos.

Algunos fines de semana, cuando papá se empedaba hasta desfallecer, mi hermano y yo robábamos las monedas que rodeaban su cuerpo tirado en la sala, y corríamos a comprarnos hamburguesas.

Las cosas cambiaron, jugar a ser la Power Ranger de color amarillo dejó de ser emocionante. Mamá logró inscribirnos a mi hermano mayor y a mí en una secundaria de cierto prestigio. Cada mañana despertaba a gritos a mi hermano para que se metiera a bañar mientras planchaba su uniforme. Yo despertaba sin que me llamara, me daba un baño y planchaba mi propio uniforme.

Caminábamos juntos y a regañadientes hacia la esquina donde tomábamos el camión: él con 4 pesos en el pantalón, yo con 6 en mi bolsita del jumper. Ya estábamos en el 2000 y el rumor de algo llamado internet comenzaba a filtrarse por nuestras vidas.

A Mari la inscribieron en la secu que estaba a la vuelta, la de peor reputación en la colonia. Se acostumbró a que su papá apareciera intermitentemente. No llamaba en meses ni años.

Las señoras de la calle juzgaban a Tere porque platicaba con traileros, se hacía amiga de los cobradores y los policías que vigilaban la colonia, además reía con las vecinas; siempre pidiendo favores, veinte pesos o un plato de comida.

La tachaban de loca, puta y marimacha, todo porque traía el cabello corto y no trabajaba. Sara sí se metió a jalar. Incluso mi mamá empezó a jalar haciendo limpieza en las casas de un fraccionamiento y le ofrecía a Tere acompañarla, pero nunca aceptó.

 

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8

Los lunes y viernes nos arreglábamos para ir a pasear al mercado. Teníamos entre 11 y 12 años, cursábamos el primer grado de secu y nos creíamos bien chingonas. Usábamos pantalones acampanados, pata de elefante, las blusas strapless de licra pegaditas, nuestros chonguitos con dos cuernitos en la frente y las pulseras.

Me platicaba de sus nuevas amigas, casi todas de la Noria. Que a quién ya le había bajado, que quién ya había fajado, que cuál fumaba y quién era la más puñetas.

Por mi parte, mis amigas eran del 5to. Sector y sí eran desmadrosas, pero de una manera diferente. Hacían bullying a otras niñas, nos burlábamos de los maestros y pertenecíamos al equipo de fútbol de la secu; también teníamos un equipo en las canchas del 5to, nos hacíamos llamar Las Libres y Lokas. Ellas no pensaban en novios, pero yo sí, en varios.

Mi hermano mayor odiaba a los pandilleros y los paseos vallenatos, pero, sobre todo, odiaba a Mari y a su familia. Todos en la calle los odiaban, menos los vecinos posesionarios, mi mamá y yo.

Había cierto recelo en ver a una familia sin la cabeza de un hombre al frente. La loca y las loquitas que no tenían horario para guardarse, y un pobre niño que sabe Dios qué le pasará, decían las pendejas.

Tere había conseguido un minicomponente donde ponía a todo volumen al Binomio de Oro, Los Diablitos, Los Inquietos, Los Chiches Vallenatos y Nelson Velázquez.

Yo lavaba los trastes cantando las canciones y mi hermano me tachaba de ridícula. Él ya estaba muy inmiscuido en la Avanzada Regia y con toda la libertad del mundo entraba y salía de la casa, sin levantar siquiera sus pinches calzones del suelo.

Mejor me enfocaba en lo mío. Transcribía las letras de las canciones en mi libreta y se las mostraba a Mari, siempre me decía que tenía una letra muy bonita y tiempo después se la regalé.

Fue ella quien me regaló mi primer pantalón tumbado, sacábamos mi grabadora al porche y sintonizábamos la 1420 AM, que transmitía puros paseos vallenatos y a donde podías llamar para dedicar tu canción: te daban chance de decir una lista interminable de nombres que debías pronunciar a la velocidad de la luz. Y si escuchábamos que la nombraban, gritábamos. Y es que alguien, allá en la Noria, estaba pensando en ella.

Pero, sobre todo, que te nombraran significaba que ya te sacaban en alguna pandilla. Así aprendí también a identificar quién era trinche pa’rriba y quién trinche pa’bajo en los grafitis de las paredes.

Me enseñó a crear mi propia firma y a cargar un plumón para escribirla en los asientos de los camiones. Si alguna firma tenía en la esquina superior derecha una letra pequeñita encerrada en un círculo, esa letra era la inicial de la novia o novio de quien firmaba. La Lili. La Mari. Éramos trinche pa’bajo. Escondí mi pantalón tumbado al fondo de mi clóset.

 

9

A un lado de mi casa vivía una familia de posesionarios. Víctor, el hijo mayor, se convirtió en el líder de una pandilla trinche pa’bajo. Cada fin de semana venían a buscarle pleito los del trinche pa’rriba.

Una madrugada vinieron a aventar una piedra tan grande que quebró la mesa de cristal de su comedor. Ni siquiera la habían terminado de pagar en Elektra.

En las esquinas siempre veíamos a grupos de niños y adolescentes esperando algún enfrentamiento. Nos emocionábamos y corríamos en chinga a ver qué. Pero mi madre solo debía gritar: Liliaaaaaaaaaaa, para que yo volviera a regañadientes.

Mari me contó que ya se había besado con Rey, un pandillero de la Noria. Y me recomendó que empezara a practicar. De sincho aprendes. Y ahí estaba yo, apretujando los labios frente a la pared sucia de mi cuarto cuando todos dormían.

Besar a un niño era otra cosa. Tenías que sacarte un 21 en el boleto del camión: sumabas los números que estaban en la parte superior y luego debías proponerle a un cabrón que te lo cambiara. Entonces me saqué un 21: la lotería.

Se lo intercambié a Soé, el niño güero de la calle, que además estaba repleto de granos. Mari estaba orgullosa de mí. Pos sí está lleno de granos, pero sí tira, morra, está güerito. Mi beso lleno de babas no se comparaba a sus fajes en el campo con Rey. Ni modo.

A pesar de convertirme en la segunda madre de mi casa, de recoger siempre a mi hermana de la primaria, de hacer la cena, de limpiar el baño y los cuartos, de recoger los platos que dejaba papá y mi hermano, todavía me quedaba tiempo para salir un ratito cuando papá hacía turnos dobles.

Mamá se había metido a jalar a una fábrica y ya nada era igual. No podía dejarla morir, alguien debía limpiar el desmadre. Sin embargo, al pasar a segundo de secu, algo en mí estalló.

Le cantaba un tiro a cualquier niña que me mirara feo en la escuela. Mis amigas se escondían detrás de mí y me regañaban por hacérsela de pedo a las de tercero. Te van a chingar, LiliMe vale verga, nadie se puede meter con mi vato.

Ese vato era Soé, con el que me besuqueaba en las esquinas oscuras y a quien le mandaba cartitas.

Y allá íbamos todas a la hora de la salida al baldío que estaba a dos calles de la secu, ese lugar que llamábamos “la alberca”. Yo era buena para gritar pendejadas e intimidar, a pesar de ser la más chaparra de la clase. Muchas cantadas de tiro a morras, muy pocas materializadas.

Hasta que un día, en un partido de fútbol en el 5to., una delantera del equipo Las Chikillas pateó a una de mis amigas, y me calenté. Esa morra, además, le estaba tirando la onda a otro de mis vatos, el Perro. De aquí limpia no te vas, pendeja.

Con un chingo de niños y niñas que aullaban de emoción a nuestro alrededor, nos metimos patadas en medio de la terracería. Mi hermana menor, lamentablemente, quedó traumada con esa escena. ¡Nooo, Liliiii, ya vámonos! Debía llevarla a todos mis partidos, esa era la condición que me ponía papá para dejarme salir. Como si eso fuera a detener mis desmadres. Regresé carcajeándome de los nervios a mi casa. Se lo conté a Mari y juntamos los puños.

 

10

Que si quería ver una película en su sala, dijo. Yo nunca entraba a su casa, Tere no dejaba pasar a nadie. Así que me entró la curiosidad y acepté. Sangre por sangre.

Vimos la película sentadas en el piso, frente a la televisión. Miklo chupaba el dedo del cocinero. Tere presionaba FAST FORWARD. Nos cagábamos de la risa. Vatos Locos forever. Pinche Paco traidor. El carnalismo se lleva adentro. Crucitoooooo.

Los tatuajes no se borran a menos que te los arranquen con un cuchillo. Respeto y familia.

La familia era un tatuaje que todavía no podía arrancarme por respeto. Se volvió una herida que no cicatrizaba porque mi padre la abría cada vez que nos pendejeaba y cada que golpeaba a mi madre. El carnalismo.

Mari se marcó en la mano las iniciales de Rey con una aguja y dejó de esperar a su papá.

 

11

Liliiiiiii. Salí en short. Qué pedo. Iban a enfrentar a una morra, que si quería acompañarlas. Ponte en chinga el pantalón que te di. Ni lo pensé. Le dije a mi hermana que si preguntaba mamá, le dijera que había ido al parque con Mari.

Me temblaban las piernas, pero quería conocer a sus amigas. Las imaginaba enormes, tronchatoros, chingonas. Y así eran. Nos saludamos con los puños. Llevaban morrales con huevos adentro. Me dieron uno y corrimos por las calles hacia la casa de la pendeja que íbamos a huevear.

Esa calle estaba muy oscura, señalaron la casa y nos acercamos. Mari gritó el nombre de la morra y nadie salió. Los huevos volaron y lancé el mío con fuerza. Prendieron la luz. Huimos cagándonos de la risa. De regreso dijeron que fuéramos a la Noria. Le dije a Mari que no podía, pero me convenció.

Al cruzar la avenida alguien gritó mi nombre. Era mi hermano. Ándale, pendeja, ya le dije a mi mamá que andas de pinche chola. Papá te va a chingar. Chingadamadre.

Los quehaceres seguían. Los platos se apilaban. Nunca había suficientes hielos en el congelador ni agua fría para calmar la sed de papá. Me prohibieron juntarme con Mari. Mis amigas me recibían todas las mañanas con chistes que hacían que olvidara cómo papá basureaba a mamá a las 6 AM.

Escribía en mi diario y escuchaba los problemas de ellas. Un papá cocainómano que había tocado a una, una madre piruja que dejaba a sus tres hijos a cargo de otra de mis amigas, un hermano mayor agresivo que vigilaba cada movimiento de otra, una amiga bulímica que era ninguneada por sus tres hermanos y su papá.

El futuro para nosotras era chingonamente prometedor, no cabía duda. Nos encerramos en la música. Shakira, Britney Spears, Nelly Furtado, Juanes. Y como no queriendo la cosa, me rendí frente a los canales de MTV y Telehit. Me volví sensible, empecé a escribir poemas y valió madre.

 

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12

Tener 13 años y querer que el pinche calor nos queme de una vez por todas. Liliiiiiiiii. Nos sentamos en las mecedoras. Dijo que estaba embarazada. Estás pendeja, ¿cómo vas a estar embarazada? Vamos a preguntarle a mi mamá, para que veas.

Tere dijo sonriente que sí, que iba a ser abuela. Dije que no lo podía tener. Se burlaron. Pues de tener, ya lo trae adentro, mija. Pinche Rey, no que solo era la puntita. Me fui a mi casa. Mi madre me encontró llorando en mi cama.

¿Qué tienes, Liliana? ¡Mari está embarazada! Volteó los ojos: Aaaay, pero por favor, si la embarazada es ella, no tú, no seas ridícula, pa qué lloras. ¡Pero solo tiene 13 años!, chillé. Pues ella tuvo la culpa, le encanta el pedo. Mamá se ganaba a pulso mi odio. ¿Dónde estaba su pinche compasión? ¿Ya se le habían olvidado los piojos?

 

13

Tercero de secu fue uno de los años más felices de mi vida. Íbamos a presentar en la misma preparatoria, pero sabíamos que no todas pasaríamos el examen. Echamos una moneda al aire y cayó en lo más profundo de mi corazón.

Las Libres y Lokas sosteníamos nuestros trofeos de primer lugar de la liga. Paseábamos orgullosas con nuestros tachones por toda la cuadra. Nos habíamos ganado el respeto de los güercos de la colonia y de la secu. Incluso mi hermano asistió una vez a verme jugar. Quería demostrarle que, aunque nunca me dejaba jugar futbol con sus amigos, yo sí le sabía. El pedo fue que ese día me dejaron casi todo el partido en la banca. Chingado, ‘mbre.

Finalmente, los resultados llegaron. Solo una amiga y yo habíamos pasado a la prepa 1. Las demás tendrían que irse a un CONALEP. Ni pedo, yo les dije. Pero siempre estaban mamando con dejar todo a última hora y copiándome la tarea.

Para disminuir la tristeza, nos dedicamos a ir a cuanto XV años se nos atravesó. Todas tuvieron uno, yo cumplí los 15 cuando recién entré a la prepa. En mi video de XV aparece Mari cargando a su bebé, bailando con Rey, felices.

Mamá seguía frecuentando a Tere y nos cagaba. Ahora sí juzgaba yo también como loca y marimacha a Tere. Con el tiempo, Mari encontró más cosas en común con mi madre que conmigo. Ya no gritaba: Liliiiiiiii. Si no: Señora, Anaaaaaa. Ni modo. Las cosas eran así y siguieron siendo así cuando llegó el segundo bebé.

Mi infancia de paseos vallenatos comenzó a avergonzarme. Todo en mí era vergüenza: la soledad –me había quedado sin amigas–, el desamparo –se deshizo el equipo de futbol–, la familia –ahora yo también me metía al ring–, la pobreza, la comida, mi cuerpo, mi ropa, las deudas.

Esa etapa culminó en una depresión de la que no me pude levantar hasta después de 13 años, cuando ya no vivía en Apodaca y me había mudado a un departamento en Monterrey.

 

14

Entré a la universidad y a los 19 años hui de casa con un estudiante de Sociología; después de unos meses regresé a mi casa.

A los 21 años volví a huir, luego de aceptar que no importaba si lo deseaba con mucha fuerza: papá no iba a amanecer muerto por una congestión alcohólica ni nada ni nadie iba a convencer a mi madre de divorciarse de él.

Me fui triunfante. ¡Ahí se ven, pendejos! El respeto me lo había arrancado con una navaja con la que me cortaba, asfixié al respeto con un cable amarrado al cuello, me bebí al respeto mezclado con una caja de medicamentos que me dejó en un manicomio.

El respeto, de hoy en adelante, iba a marcarse en mi memoria con la herradura del cariño antiguo de mis amigas. Mari y yo bien tumbadas con los huevos en la mano. Las Libres y Lokas abrazándose luego de meter un gol.


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.
Secretaría de Cultura