Tierra Adentro

Desde hace seis meses vivo en un cuarto que vi anunciado como departamento pero que no es otra cosa que diez metros cuadrados con paredes enmohecidas y una gotera en la regadera. Acepté quedarme porque puedo pagar la renta y me dejan tener al perro.

El colchón a ras de suelo es lo primero que se ve desde la entrada. Junto a la puerta puse el librero del abuelo. Apenas cumplí diez años, me obsequió veinte segundos para inspeccionar su estudio y escoger lo que más me hiciera ilusión; el librero vino conmigo, junto con todos los libros que habitaban en él.

No acostumbro ver televisión, pero tengo una. Fue regalo de mi madre apenas me mudé al cuarto. Según sus argumentos ya tengo bastantes libros, y no siendo eso suficiente, dice que las realidades que construyo con mis letras están ligeramente retorcidas. Pretende que el aparatejo me siga anclando a ella, que nos dé de qué hablar y que de paso me distraiga un rato de mis lecturas.

Para escribir uso una mesa que tengo desde preparatoria. La silla a juego se perdió en alguna mudanza y en su lugar aprovecho un banco de metal que me recuerda a una sala de cirugías, aunque nunca haya estado en una, al menos no desde mi nacimiento.

Pasa que varias veces al mes, cerca de los días en que tengo entregas en la revista, me entra un pánico que me hiela las manos cada que trato de acercarme a la mesa. Cuando eso sucede, sé que no falta mucho para que el enano aparezca. No necesito abrirle, él sabe cómo entrar. Lo escucho quitarse los zapatos para no hacer ruido, su intención es espantarme pero estoy tan acostumbrada a él, que puedo escuchar las plantas de sus pies sudados, pegándose y despegándose de la loseta.

Lo ignoro y aprovecha para arrastrar el banco y subirse con dificultad. Ya acomodado, me observa mientras trato de distraerme ordenando papeles. Podrían estar regados por el cuarto y me daría lo mismo, pero con el enano ahí me es imposible conservar la calma. No tarda en tirar del pantalón como un niño desesperado, quiere que le extienda los brazos para acogerlo en mi pecho. Se le complica las primeras veces pero finalmente lo logra y termina colgado de mi cuello haciendo un intento de enrollar las piernas a mi cintura.

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Ya instalado se vuelve insoportable. Lo llevo a la lavandería y mientras coloco la ropa en el tambor, se balancea como primate hacia mi espalda para no caer al suelo. En el supermercado me hacen formarme en la fila de personas con discapacidad, ancianos o personas con bebés. Sólo hasta que mis enceres pasan por la banda móvil, el cajero me saluda y alcanza a ver a la rémora adherida a mi cuerpo. El enano sonríe maliciosamente y el cajero espantado, clava una mirada cohibida en el escáner mientras pasa los productos con tal rapidez que el cerillo, un señor atestado de canas que también han alcanzado a ver al enano, termina retacando todo en la bolsa de plástico y dándome las gracias sin siquiera mirarme.

Este enano además de feo es hablador. Siempre que viene suelta una perorata acompañada de fruncimientos de ceño y hasta pellizcos. Le cuesta trabajo creer que mis letras son buenas. Ataca mis ideas vilmente, las más grandes y brillantes, las hace trizas, las desprecia y les cierra la puerta. Se toma el papel de crítico muy enserio y yo, permito que me destruya.

El día se alarga y el enano comienza a sudar mientras paseo al perro bajo el rayo de sol. Los tres regresamos jadeantes por el camino de siempre, pero antes paso a comprar un kilo de mangos a la tienda de la esquina. Cuando pago, las monedas caen en la mano del tendero y el tintineo me hace tener un atisbo de inspiración. Que bonito suenan, ese entrechoque podría ser el inicio de una historia situada en los años cincuenta, en la que una mujer obesa deposita diariamente treinta centavos en una báscula de farmacia después de haber comido seis rebanadas de pizza y por supuesto una ensalada, con la esperanza puesta en la perdida —aunque sea mínima— de peso. Agarro la bolsa de mangos mientras digo: “sí, es una buena idea”. El tendero se me queda viendo y se rasca la barbilla en señal de duda. Sonrío y le doy las gracias mientas giro hacia la salida. El enano bufa y altaneramente se suelta de mi cuello, tengo que agarrarlo para que no caiga de espaldas, me ve fríamente.

—No estarás pensando en escribir algo ¿o sí?— me escupe al hablar y volteó la cara para no terminar bañada en saliva. No contesto.

—De todos modos, lo que sea que estés pensando, no creo que sea tan bueno. Y como siempre, no lo vas a terminar. Estás llena de ideas vagas.— Me frunce el ceño desdeñosamente y aunque quiero contestarle algo para salvar mi pellejo de esta arrastrada que me está poniendo, no logro mover los labios. El perro comienza nuevamente a jadear y camino junto a él convenciéndome de que la mujer obesa tampoco tenía muchas esperanzas.

Llegando al departamento muelo los mangos para hacer agua, cuelo todo y coloco suficientes hielos como para congelarme el pecho. Me acomodo en el sillón mullido y prendo el televisor, caigo en la cuenta de las cosas van muy mal. Un hombre de bigote da las noticias a las dos de la tarde. Habla sobre unos ductos de agua que se rompieron al sur de la ciudad. Estoy segura de que nadie más sintoniza ese canal tan aburrido. Hay tanto que hacer a las dos de la tarde que nadie se tomaría el tiempo de ver el noticiero y pasivamente poner atención a los grandes acontecimientos ciudadanos.

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Unos recogen a sus hijos del colegio, otros salen en estampida de sus oficinas para comprar algo de comer. La ciudad se llena de claxons chirriantes emitidos por microbuseros desesperados. Se escucha el organillo en varias esquinas de la ciudad, las calles se llenan de gente que camina rápidamente para trasladarse a su siguiente destino. Todos sudan, odian haberse puesto esa corbata que los asfixia y esos tacones que más tarde sólo dejaran ampollas en el dedo más pequeño del pie. A las dos de la tarde todos hacen algo, menos yo.

El enano entra en un sopor contagioso, está caliente. Nos quedamos dormidos y abro los ojos modorramente hasta que el perro lanza unos ladridos guturales al gato de la vecina que está tras la puerta, otra vez se quedó fuera. La tarde se pasa en ir y venir del sillón a la mesa, el enano se ríe, esconde la cabeza en mi cuello y se queda dormido. Trato de despegarlo pero con tan solo un movimiento, se vuelve a enrollar en mi cuello y suelta un ronquido más fuerte que el anterior.

Me propongo escudriñar en mi mente tratando de encontrar algo que sea útil para comenzar una historia. Recuerdo la vez que vi, escondida en la alacena de la cocina, cómo el amigo de mi tía Romina le metía mano en el escote y lentamente le sacaba una teta. Ella cerraba los ojos y respiraba con dificultad. La parte más nítida que tengo de ese momento es el pezón como de hotcake que el tipo acariciaba rápida pero sutilmente, apenas rozándolo. No entendía cómo algo tan suave podía provocar en mi tía unos gemidos que rápidamente se convertían en gritos y que aceleraron mi corazón de tal forma que ni leer los libros prohibidos por mi madre me causaba tanta emoción. Salí corriendo de la cocina sin ser vista y días después, comencé a frotarme los pezones aunque tuvieron que pasar varias semanas para encontrar la suavidad exacta.

Llega la hora de la cena y no tengo otra opción más que sentarme con el enano prensado a mi cuerpo. El horno está descompuesto y las albondigas con espagueti las como frías y sin ganas. Me traslado al colchón y caigo de espaldas esperando que mi acompañante se sacuda al menos un poco, pero no lo hace, sigue dormido. Ha estado sudando y sus fluidos tienen mojada mi camiseta. Me liberaría de su presencia si me sentara y tecleara apenas unas palabras, pero me desbordo en el fatalismo de dejarlo habitar en mi. Está que hierve y me trasmite su calor, pero sólo en la parte que ocupa, el resto del cuerpo está tieso, los bellos erizados. ¿Debería levantarme y mandarlo a la fregada? Lo sigo pensando, trato de encontrar una idea y me propongo poner la mente en blanco pero, ¿qué chingados es poner la mente en blanco? Jamas lo he podido hacer, siempre que cierro los ojos veo todo negro. Mañana tengo que ir a pagar la luz y comprar latas de atún porque ya no hay en la alacena. Las croquetas del perro ya se acabaron y no tengo ni un quinto para comprar unos gramos de los de granel en el mercado.

El enano ya está roncando y yo ni me he calentado. Deslizo sutilmente los dedos bajo la playera y cierro los ojos, por un instante la cara de mi tía Romina pasa por mi mente, sonriéndome. Mis pezones no han tenido una erección en días, así que pongo especial atención para lograr un acto digno. El perro se espanta con los primeros gemidos entrecortados mientras el enano continua aplastándome, no se mueve ni un milímetro. Tengo que maniobrar por unos segundos consiguiendo recorrerlo hacia mi estómago y así puedo frotar mejor. Muevo la cadera en círculos mientras aprieto ligeramente las piernas, de esa forma me atrapa un ritmo aceptable hasta que consigo venirme. Pero la decepción es honda cuando percibo que esa energía duró apenas unos segundos y no penetró en todo mi cuerpo como había prometido, apenas me mojé.

Adopto una posición de feto colocando las manos en la entrepierna. Escucho cómo el perro da vueltas antes de tirarse en el suelo y comenzar a roncar. Me voy perdiendo en los pensamientos, sé que sigo con el enano pero ya no me importa mucho, me dejo envolver por las sábanas arrugadas. Siento los fluidos calientes escurriendo lentamente hasta llegar a mi calzón, pero ni loca me levantaría a limpiarlos. Los dejo ahí y me duermo húmeda.

Olvido al enano, me olvido de mí. Sueño con los mangos, la báscula, el perro y la tía Romina, también sueño con mi madre vendiendo televisiones. Abro los ojos a las tres de la mañana creyendo que la relación de todos esos elementos es coherente y por supuesto una buena historia. Debería sentarme a escribir por lo menos algunas palabras clave que me ayuden a recordar todo el día de mañana. Pero estoy somnolienta y las sábanas ya calientes. El enano está hecho bolita y por unos segundos logro verlo con ternura. Podría dejarlo pasar la noche, tal vez otro día, de todos modos mañana no me toca lavar y así aprovecho a que me termine de sudar la camiseta.

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Autores
(Ciudad de México, 1996). Obtuvo mención honorífica en la cuarta edición del concurso “La crónica como antídoto” (2017) con No hay final dictado. Ganadora del primer concurso de cuento del Colectivo Escritoras mexicanas. Su cuento Noches (México, Ediciones el nido del fénix, 2018) se encuentra en la primera antología de dicho colectivo presentada en la FIL Guadalajara 2018. Ha escrito para blogs como Feminopraxis y Crónicas de asfalto.

Ilustrador
Elsa Rangel
Ilustradora y artista visual emergente originaria de la CDMX. Egresada de la Licenciatura en Diseño Gráfico y de la Maestría en Animation Concept Art. Se especializa en storytelling y la creación de mundos y personajes mediante técnicas análogas y digitales. La estética de su obra puede ser descrita como una experiencia visual onírica inspirada por la cultura mexicana, el rock clásico y la oscuridad.
Secretaría de Cultura