Tierra Adentro

Budapest. Baños Termales Széchenyi Gyógyfürdő. Fotografía: Aida.

Uno de los lugares más exquisitos a los que pude ir cuando erraba por el mundo es Budapest. Y sí, es la Perla del Danubio, legendariamente hermosa; sí sus barrios  Vízmű y Királymajori con sus iglesias medievales y sus calles empedradas deslumbran, pero a mí lo que más me gustó, lo que me dejó hambrienta de regresar fue que nadie hablaba inglés. No me lo tomen a mal, soy anglófila musical y no tengo ningún pleito/complejo de inferioridad/racismo con el hecho de que ese idioma sea la lingua franca en la mayor parte de occidente. Pero sucede que Hungría es una isla extraña, dominada por un idioma intrincado, insólito −mordelón diría yo− con el que se comunican y compran el pan, pero que también sirve como un eficaz impermeable cultural. El idioma es tan raro que aunque lo intenté, nunca pude imaginarme a dos personas jadeando de placer en una cama gritándose “szeretlek, szeretlek, szeretlek”. (te amo, te amo, te amo). No da para tanto mi imaginación y aunque trataba con cada parejita pasaba junto a mí. El Magyar, como llaman tanto al idioma como a la tribu originaria de esa región, es como una roca o un vendaval de granizo, con sus palabras lija y sus adjetivos de goma dura, que pegan y pegan letras hasta que van formando letrasfrases y palabrasideas, numeroadjetivos y géneroverbos, todo sin un sólo espacio de por medio. Si hace falta un ejemplo escogería el verbo romper o estrellar −összetöröd− tan sólo por su riqueza visual: tiene esos miles de puntitos arriba como para entender que el magyar estrella sus palabras y de ellas salen pedacitos.

Con esto que digo es fácil presentir que el poco inglés que mastican (sólo los más jóvenes) es inclemente, por decir lo menos. Casi quiere uno que no lo usen porque se acaba de mal humor. Gracias a eso, Budapest es uno de los pocos lugares en donde aún ocurren escenas como esta: dos que se saben humanos intentan poner algo en común con los ojos. Igen, Igen, kérem, alcanzas a decir tres días después de que llegaste, con la esperanza de que, efectivamente, quiera decir sí por favor. Gracias,  köszönöm, te toma mínimo una semana. Está uno descubierto de todo significante, se viven momentos de soledad extrema, descarnada, y cuando a uno le toca conectar con quien sea, por cualquier circunstancia, resulta algo intenso. Imaginen un poco a una septuagenaria que vivió la mayor parte de su vida adulta dentro de un régimen socialista. Imagínenla explicándome cuánto debía pagarle por el cuarto que le renté, quitándome algunos billetes de la mano y guardando ella misma en mi bolsa del pantalón el resto. Una anciana estupenda, que me dejaba leche con un pan duro y azucarado por las mañanas y regresaba a planchar a su cuarto. Imagínenla decirme adiós y tocarme la cara y expresar, quizás, que tuviera buen viaje o buena vida o que no fuera a casarme con un palurdo la vez que nos abrazamos y tuve que despedirme de ella. Imaginen haber cruzado muchas muchas palabras con esta mujer y no entender una sola de ellas, pero quererla igual.

Me gusta entendernos en inglés, es muy cómodo poder pagar todo en dólares. Hasta me causa gracia que en la mayoría de los países de Europa (no se diga en África), la gente de a pie asegure que México es parte de Estados Unidos. Pero de vez en cuando, sería increíble llegar otra vez a pisar lengua ignota y aun así, entendernos.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Ahora puedes leer…
Secretaría de Cultura