Tierra Adentro

Para Rita y Paulina

Vine a la Ciudad de México porque me dijeron que acá podía practicarme un aborto legal y seguro. La semana pasada celebré mi cumpleaños con tan poco dinero en la cartera que lo único que pude comprarme fue una crepa de cajeta con durazno, a la que el bueno para nada de mi novio le encajó un cerillo para que hiciera de velita; mientras lo apagaba de un soplido me sentí patética: llevaba más de medio año sin trabajo, sobreviviendo con lo poco que tenía en el banco, cortesía de la neurosis de mi señora madre, que un año atrás sintió la vejez demasiado cerca y nos entregó a mi hermano y a mí una modesta cantidad de efectivo para que «empezáramos un negocito y fuéramos nuestros propios jefes». No nos veía futuro: mi hermano sostenía a su tropa de hijos con un salario miserable y no podía acceder a un trabajo mejor porque sólo había estudiado la secundaria. Yo había terminado una carrera con sobresalientes, pero seguía sin titularme. Esto, sumado a mi empeño por convertirme en actriz profesional de teatro alternativo, me alejaba cada vez más del sueño de mi madre de que siguiera sus pasos: convertirme en maestra de primaria pública, tener servicio médico y cotizar para comprar mi propia casa.

Por aquellas fechas yo tenía unas ocho semanas de embarazo. Lo había descubierto a mediados de febrero, mientras mi novio dañaba de forma permanente sus riñones atascándose de anfetas en un rave en Guadalajara, al que se fue sin siquiera avisarme. Había estado sintiendo mareos de forma continua, pero se lo atribuí a mi mala circulación sanguínea, causante de las várices en mis muslos desde temprana edad. He visto reality shows en los que mujeres dan testimonio de cómo no tenían idea de que estaban embarazadas hasta el mismo momento de dar a luz, en medio de las circunstancias más ridículas: mientras toman una ducha o compran en el supermercado. Se supone que al tratarse de mujeres con problemas de obesidad, el ciclo menstrual se altera, de ahí que no les extrañe la ausencia del mismo; a menudo toman por una enfermedad gastrointestinal el proceso de gestación. No les creo nada.

Aunque estaba segura, fuimos a un laboratorio del centro para hacerme un análisis sanguíneo. Mientras esperábamos, Benito comenzó a discutir conmigo. Para evitar las miradas indiscretas de los laboratoristas, trasladamos nuestra escenita a la vía pública. Junto a un poste de luz, tras cuatro meses juntos, Benito rompió conmigo. Quince minutos después nos habíamos reconciliado a regañadientes. Abrimos el sobre en una banca de la plaza. Ahí estaba el funesto mensaje de las Parcas: positivo. Mi querido novio esperó los cinco segundos que dicta el decoro para luego dejar en claro que no estaba interesado en tener hijos por el momento, aunque sí quería seguir conmigo. Nos auguré lo peor. Mi noción de la fatalidad enfadó a Benito sobremanera, me reprochó con amargura que mi negatividad le estaba echando a perder el viaje: había fumado marihuana antes de desayunar, como siempre. Guardé silencio. Como le dio hambre compramos dos tortas de chorizo y una malteada de fresa. El olor de la grasa, en combinación con el gusto de la leche, hizo que me dieran ganas de vomitar. Yo pagué la cuenta.

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Pasé el mes tratando de decidir qué sería lo más prudente en mi situación. Por un lado, me preocupaban las cuestiones puramente mundanas: estaba desempleada, no podía regresar a la casa materna con la cola entre las patas y un hijo en brazos. Benito, lejos de ser un apoyo, era una carga emocional y, peor aun, económica: el tipo de hombre capaz de organizar una fiesta de proporciones épicas en menos de una hora, pero que jamás devuelve el dinero prestado. A todo lo anterior había que agregarle la cantidad de drogas y alcohol que circulaba por las venas de mi incipiente bebé: la intoxicación por placer era el modus vivendide Benito y, por una casualidad desgraciada, yo había escogido el mes anterior para comenzar a experimentar con las puertas de la percepción. Me daba miedo imaginarme dando a luz a un niño mutante, con un pie saliéndole de la frente.

Por otro lado, estaba la cuestión moral: mi hermano y yo somos adoptados, lo cual me ponía en un predicamento, ¿acaso era justo abortar si yo misma soy producto de la compasión materna? Me avergonzaba el solo hecho de considerar esa opción. Sin embargo, me avergonzaba más salir con mi domingo siete. Yo, una mujer con estudios, autosuficiente. Yo, la esperanza de mi familia. Yo, ese espíritu libre y elevado. Me convencí de que era mi deber afrontar las consecuencias de mis actos, asumir que no estaba lista para semejante responsabilidad y, de paso, hacer feliz a una pareja gay o de estériles, dando al bebé en adopción. Pero en el fondo sentía que no iba a poder. Imaginé la cara de consternación de mi madre, su enojo, la negativa a renunciar al niño, el sermón ultracatólico de mi hermano, y supe que era imposible. Encima, Benito, que no quería ser padre pero se creía con derecho a opinar, fue tajante: «No, te vas a encariñar y luego no vamos a querer regalarlo. Hay que abortar». En un arranque de dignidad, lo corrí del departamento.

Tras una noche de perros, decidí que no necesitaba de nadie.

A la mañana siguiente fui al súper por detergente y, en un acceso de ternura insospechada, compré un par de zapatos para bebé con una vaquita estampada en el empeine. El contacto me lo pasó María, bailarina de una compañía de danza contemporánea para la que yo fungía como costurera de cuando en cuando. Nos encontramos en los camerinos improvisados en una galería de arte. Yo había ido a ver el espectáculo con la esperanza de que la directora tuviera algunos vestuarios que necesitaran reparaciones. No hubo trabajo en esa ocasión: treinta pesos del boleto tirados directo a la basura.

Frente al espejo de los lavabos, le solté a María mi oscuro secreto. Me turbó la rapidez y seca determinación de su respuesta: «Aborta. Tengo una amiga que fue a México, ya ves que allá es legal». Le dije que no tenía dinero ni para el pasaje. María me miró con cara de no-pongas-pretextos y me explicó que su amiga había contactado a una asociación defensora de los derechos femeninos, o algo así, que se había hecho cargo de todos los gastos. Prometió conseguirme los datos.

A los tres días, con un par de llamadas de por medio, todo estaba resuelto: me agendaron una cita el 15 de marzo, a mediodía, en la Clínica de la Mujer de Azcapotzalco. Resistí la siguiente semana comiendo fruta picada y agua, el resto de los alimentos me daba asco. El perfume de Benito también me provocaba náuseas. Él recogió el dinero para mi boleto de autobús, pues yo sufría de periodos alternados de jaqueca y sueños pesados e inquietos.

La noche anterior a mi partida Benito fue a beber con sus viejos amigos del bachillerato. Me despertó a las cuatro de la madrugada, aventando piedritas contra el vidrio de la ventana de mi cuarto: quería dormir en mi departamento porque no podía llegar a su casa apestando a marihuana y alcohol. Sus ronquidos —cortesía de una desviación en el tabique nasal por una pelea callejera— impidieron que volviera a conciliar el sueño. Por la tarde empaqué lo indispensable en una mochila. Tuve que bañarme en casa de un amigo porque la bomba de la cisterna se había quemado de nuevo: el edificio entero llevaba casi una semana sin agua potable y yo no estaba de humor para cargar cubetas tres pisos. Benito y mi amigo me acompañaron a la central camionera. Yo pagué el taxi.

A las seis y media de la mañana llegué a la central norte. Lucía, una voluntaria de la asociación, me esperaba junto a la efigie de la virgen de Guadalupe. Estudiaba letras, pero su verdadera pasión era la lucha libre, todavía estaba buscando la forma de escribir su tesis sobre el tema. —Puedes decirme Lucha —dijo, orgullosa del juego de palabras. Su lesbianismo la había llevado a convertirse en activista de los derechos sexuales femeninos.

Era morena, sonriente y bajita. Tomamos el metro, luego un pesero y al final una combi, hubo tiempo de sobra para charlar. Entre otras cosas, Lucha me explicó que la asociación había tenido que implementar un servicio de escoltas para proteger a las mujeres del vituperio y agresiones de los fanáticos Pro-Vida, quienes a últimas fechas habían dado en instalar módulos de «concientización» afuera de las clínicas, a fin de atemorizar con grotescas imágenes de bebés destazados y epitafios sensibleros. Como siempre, la violencia visual dio resultado y lograron disuadir a más de una.

En la sala de espera había mujeres de todas las edades y estratos sociales: desde jefas de familia que no podían mantener otro hijo hasta muchachas de vestimenta vulgar que iban por su tercer aborto. En una especie de conciliábulo, la señora a mi derecha contaba con evidente tristeza que estaba esperando gemelos, llevaba tres meses sin conseguir empleo, su familia se estaba muriendo de hambre.

—¡Ay, pero son gemelitos! —exclamó una de las muchachas vulgares, sin dejar de masticar su chicle—, había de tenerlos. Los gemelos son bien bonitos. Con gemelos yo sí me animaba. La miré, horrorizada. Lucha, a su vez, procedió a hacerles un par de comentarios a propósito de los múltiples métodos de anticoncepción disponibles en la actualidad. Luego, en un susurro, me dijo al oído: «Hay que evitar a toda costa que esta clase de viejas se reproduzca». Me dio un retortijón. Sonreí a medias.

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La recepcionista me llamó a su escritorio, pretendía reprogramar mi cita, era un día ocupado. Lucha intervino con claridad y aplomo: veníamos de parte de la asociación, se trataba de un caso foráneo, yo sólo podía permanecer un día en la capital, mi boleto de regreso ya estaba comprado; esto último no era verdad, pero ayudó. La recepcionista suspiró, revisó algunos expedientes, tachó un par de citas de la agenda. Luego leyó en voz alta una lista de nombres y despidió a algunas mujeres que se marcharon inconformes. A las cinco restantes nos hizo pasar al interior de la clínica.

Todo estaba limpio, reluciente y en tan buen estado que daba la impresión de ser un edificio inaugurado apenas unos días atrás. Las enfermeras eran amables, parecían comprensivas. Yo tenía miedo de que fueran a regañarme y sacaran a relucir lo terrible del acto que estaba a punto de cometer. No sucedió.

Nos tomaron datos e hicieron las preguntas necesarias para elaborar un breve historial médico. Por separado, nos hicieron un ultrasonido. El frío viscoso del gel en mi bajo vientre y el latir ahogado del feto me desconcertaron. Tenía nueve semanas y media de embarazo, me dijeron que el aborto debía practicarse entre la décima y la doceava, pero iban a hacer una excepción conmigo por ser foránea, esperando que no hubiera complicaciones graves. Luego nos reunieron en la otra ala de la clínica para sacarnos sangre. Mientras esperábamos en fila, una mujer de figura esbelta y largo cabello rizado me platicó su caso:

—Yo usaba el DIU, el que también secreta hormonas, se supone que tiene 99% de eficacia. Fui al doctor porque llevaba más o menos un mes con cólicos muy fuertes, me dijo que tenía un embarazo ectópico, o sea que el feto estaba mal implantado, el aborto era la única opción. Me enojé mucho, le dije que cómo era posible, si él mismo me había asegurado que era 99% efectivo. ¿Sabes qué me contestó? Que yo era esa única mujer de cada cien a la que no le funcionaba.

Cuando acabó de contarme, me preguntó cómo había quedado embarazada, le dije que el condón había fallado. Era mentira, pero me sentí incapaz de reconocer mi estupidez.

Nos separaron en parejas y nos llevaron a una sala preoperatoria con sillones iguales a los que usan los dentistas. Al fondo había un armario metálico con batas para quirófano, al final de un pequeño pasillo estaban dos baños, donde nos quitamos la ropa. Me pusieron suero intravenoso y luego la anestesia, sentí un fuerte ardor en el antebrazo izquierdo. Una enfermera de trato dulce me dio una pastilla y me indicó que la mantuviera debajo de la lengua hasta que se desintegrara por completo. Para pasar el rato puso en un DVD Arráncame la vida. Aunque yo temblaba de nervios, noté que la historia era cursi y la protagonista actuaba muy mal. Pasé al quirófano cuando se me terminó el suero. Me ordenaron recostarme en una mesa de acero, subí las piernas a esas cosas que los ginecólogos usan para mantenerlas abiertas (no sé cómo se llaman). Estaba tan asustada que la doctora llamó a otra enfermera para que me diera la mano. A pesar de la anestesia, el dolor que me provocaba el aspirado era tan insoportable que me hizo delirar. Se me subió la presión, lo cual complicó el proceso, estuve a punto de desmayarme. Recuerdo que gritaba, pero no sé qué. La enfermera trataba de tranquilizarme y me pedía que le soltara la mano porque la lastimaba. Por un momento no supe dónde estaba. Una punzada de fuego tasajeó mi cuerpo. Sentí un vacío horroroso en el útero. Todo había terminado.

Apoyada en la enfermera regresé a la sala preoperatoria. Me dieron una toalla sanitaria gigantesca especial para esos casos, me mandaron al baño a ponérmela. Con el poco pudor que me restaba, oculté mis pantaletas entre mi ropa. En el sanitario me dio otro retortijón y defequé copiosamente. Rompí a llorar cuando vi que sangraba. Estaba mareada, adolorida como si me hubieran golpeado de pies a cabeza, el cuerpo me temblaba de tal modo que no podía ponerme el pants. Permanecí inmóvil no sé cuánto tiempo. Cerré los ojos y, como cuando era niña, deseé que nada de eso estuviera pasando. La enfermera tocó a la puerta, preguntó si me encontraba bien. No recuerdo qué le contesté. Cuando por fin abrí los párpados me embargó una sensación de irrealidad asfixiante.

Regresé al sillón, la película había avanzado tanto que ya no la entendí. La enfermera vertió una lata de jugo de durazno en un vaso de vidrio y me lo ofreció. Sacudí la cabeza en una negativa. Aunque el hambre me atenazaba el estómago, no quería comer nada. Me avergonzaba el asedio de un impulso tan banal en medio de ese momento trágico. La enfermera insistió: necesitaba beber algo o me pondría mal. Colocó otra bolsa de suero en el poste a mi lado, mis venas lo absorbieron con descarada voracidad. Debía permanecer sentada hasta que se estabilizara mi presión. Una trabajadora social habló conmigo mientras tanto. Volví a mentir sobre la falla del preservativo. No me creyó. Me preguntó mis motivos para abortar. Le dije que no tenía empleo y que mi novio era un junkie, suspiró, me aconsejó dejarlo. No lo hice.

Lucha me esperaba afuera con mis cosas. Caminamos lentamente hasta la parada de la combi. Los pasajeros me saludaron con amabilidad al subir, me pregunté para mis adentros si habrían reaccionado igual de saber lo que acababa de hacer. Saqué una manzana de la mochila y la mordí con desgano. Lucha me platicó algo que tampoco recuerdo. Antes de subir al metro compramos vasos de mango picado, ella pagó. Un par de estaciones antes del punto donde debíamos bajar, me preguntó cómo me sentía, le respondí que bien. Mentí. Luego dudó un poco antes de consultarme si me molestaría que no me acompañara el resto del trayecto: tenía que asistir a una feria de la reproducción sexual razonada y desde ahí le quedaba cerca. De nuevo mentí. Le dije que no había ningún problema. Nos despedimos con un abrazo. Seguí mi camino.

 

 


Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de Ecos, publicado por el FETA (2017).
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