Tierra Adentro

Ilustración por Ray Patiño.

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Un día voy a ser una computadora / inmortal / ahí 
dentro huele bien / hacen bip / hay Microsoft 
Excel / y no puedes hacer nada para detenerme.
—Anónimo, pieza de arte digital en 3D.

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El canto de los pájaros empieza alrededor de las cinco de la mañana. Se despiertan más o menos al mismo tiempo. Digo más o menos porque el volumen va ascendiendo. Como si uno despertara al de junto y este a otro y así sucesivamente. Esta cadena-despertador es veloz.

Intento seguir sus notas pero inmediatamente aparece otra voz cantando más fuerte. Trato de enfocarme en ella, pero en ese momento surge una más que se posiciona por encima del resto. Siento que es imposible seguirle la pista a alguna. Por la forma de trinar, con ese gorgoriteo breve, consecutivo de vocalizaciones apresuradas, los pájaros parecen sostener una conversación más que las notas musicales de una melodía. La plática es acalorada y abrupta, inclusive algo más cercano al argüende que al diálogo.

El canto de los pájaros ─que no es canto sino argüende─ tampoco es de los pájaros sino de las pájaras. Los mirlos son negros y las mirlas de color marrón. Desde mi ventana veo el techo del edificio contiguo. Ahí están cantando los mirlos, salvo que son de color marrón. Son las mirlas en el esplendor del argüende.

[China toma medidas contra Animal Crossing debido
 a protestas virtuales. 14 de abril de 2020 a las 
16:25. Rettwitear.]

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Kenneth Goldsmith, artista textual, considera que el siguiente paso en la literatura no está relacionado con escribir cosas originales sino con elegir qué textos plagiar porque la producción de contenido hoy en día es excesiva. No sorprende que un hombre blanco de Nueva York descanse su visión de la literatura en el plagio, mientras que desde otros lugares hay escritoras como Cristina Rivera Garza, (nacida en Tamaulipas, cerca de la frontera) abogando por rutas totalmente opuestas, como la desapropiación. Lo que me interesa rescatar es que en efecto hay tanta información publicada que con frecuencia me siento como un repositorio de los sitios web que nunca alcanzaré a gestionar. Abro un link con la ingenuidad de quien pretende concentrarse en él, como siguiendo el canto de un mirlo; en cambio termino abriendo un sinnúmero de enlaces que llevan a otras páginas (algunas de las cuales continúan la cadena de vínculos), abrumada nuevamente por el argüende de las mirlas. El vicio de seguir el rastro del canto principal. Pero en la Red no hay tal cosa como una jerarquía. Sí, hay sitios que condensan y organizan información con esa estructura, pero la internet como la imaginó Paul Baran (el precursor que diseñó su arquitectura) aspira a redes distributivas con nodos que se comunican entre sí y que no dependen de un nodo central. Google es una forma centralizada de buscar información, pero no es la única ni la más segura en términos de privacidad. Al hacer una búsqueda aparecen cerca de ocho millones, doscientos mil resultados, dejando fuera los que no consideró relevantes, pero que podrían estar relacionados con mi búsqueda. Con todo, persiste la sensación de estar perdida en la infame turba de nocturnas aves, en el gorgoriteo de mirlas.

Estoy pensando en Lectulandia, en epubgratis.org y en el bot de libros en Telegram, además de los incontables anaqueles digitales (de libros, series, documentales o imágenes libres de copyright) en Google Drive o cualquier otro tipo de nube, personal o de alguna organización. Estas opciones para descargar contenido circulan libres gracias a la cuarentena, de muro en muro, de chat en chat. Demasiado contenido.

Aún hay que agregar el asunto de tomar cursos y talleres o asistir a conferencias, conversatorios y festivales artísticos. Muchas de estas actividades estaban fuera de mi alcance en la vieja normalidad, por falta de tiempo o dinero. Existía la inconveniencia de la corporalidad. Depender del cuerpo genera complicaciones: necesita abordar el metro y viajar por debajo de la tierra, subir, bajar, caminar, esperar un camión, enfrentar el tedio de las horas pico entre semáforo y semáforo. Además, tiene que detenerse en algún sitio para conseguir alimento. Si todo sale bien, el cuerpo llega a esa conferencia con un retraso citadino, cuya normalización se ha extendido hasta en las citas virtuales. Entonces el problema no eran las distancias.

[La organización Reporteros Sin Fronteras utiliza 
Uncensored Library, el edificio de una biblioteca 
construida dentro de Minecraft, como resistencia 
contra la censura en China. 12 de marzo de 2020. 
Guardar publicación.]

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Estamos encerrados, aislados, confinados. No me parece que haya igual cantidad de palabras para nombrar lo opuesto: estar libres. Tal vez sí hay, pero no me resultan familiares. De cualquier forma aquí hay una falla que valdrá la pena revisar en otro momento. Esto abre otras posibilidades de convivencia, nos empuja a explorar plataformas. Acelera la creación de herramientas y su uso en masa. Se genera una obligación de estar en muchos lados; a veces de manera simultánea o consecutiva. El cuerpo se ve liberado de ciertas rutinas sociales, pero la mente se halla a sí misma con nuevas amarras.

Es una incipiente forma de agotamiento. No necesitamos recorrer distancias para reunirnos en una junta virtual. Eso no significa que no usemos el cuerpo. La experiencia de una videoconferencia está mediada por él. Con los ojos veo la pantalla, con el dedo hago click en el mouse y uso los oídos para escuchar videoconferencias. La diferencia es que la interacción no cesa cuando apagamos el dispositivo.

Podemos pensar en internet como un edificio en el que hay diferentes cuartos dependiendo de las aplicaciones o redes sociales que usemos. Ahí dejamos objetos, partes de nosotros, una foto, un video, una idea. Y es un espacio en el que no dejamos de estar presentes. Es decir, claro, cerramos la aplicación, apagamos la computadora o el celular pero esas cosas nuestras siguen ahí, y otras personas pueden interactuar con nuestros objetos virtuales, nuestro contenido, aunque no estemos viéndolo en tiempo real.

El encierro nos orilló a poblar nuevos lugares (muchos sin puerta o con cerraduras fáciles de hackear) de los que no podemos salir aunque nos desconectemos. ¿Qué es salir? ¿Cuántas otras formas hay de estar encerrada?

[Navegaciones guiadas del Centro de Cultura 
Digital. Visitas guiadas a exposiciones 
pensadas por y para internet. 22 de mayo de 
2020 a las 13:01. Me gusta. Enviar por 
Messenger. Visto.]

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¿Parezco pesimista? Vernos obligados a limitar el contacto humano y estar en nuestras casas claro que hace más evidentes los problemas de una vida en cautiverio, con todas las implicaciones políticas de que unos sí estén en condiciones económicas de quedarse en casa y otros no. También hace patente la necesidad de pensar la cantidad de datos que están recopilando empresas como Amazon, Google, Facebook, sobre cómo nos comportamos en una situación así. A pesar de todo no me urge salir a la calle. No espero el fin de la cuarentena con el ánimo de quien aguarda en el interior de un vagón a que se abran las puertas de un metro que, después de 15 minutos de arribar a Taxqueña, aún no deja salir a los pasajeros. Todavía me quedan muchos poros del encierro a través de los cuales quiero seguir respirando.

[Se realiza asamblea virtual en la FES Acatlán
 y resuelve llevar a cabo un “paro” en la FES Acatlán en 
Minecraft. 7 de mayo a las 19:27. Abrir enlace en nueva 
pestaña. Exportar a Kindle.]

 

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Estoy en la computadora, tengo una junta. Una amiga me escribe por Messenger, la alerta suena simultáneamente en tres dispositivos. En la computadora se despliega la notificación sobre la cara de alguna persona conectada a la junta; también en el iPad sobre el documento que estamos revisando; y de igual forma en el celular, que me dispongo a activar pues ahí está guardado el dato que me pide mi amiga. Como no recuerdo la palabra clave para buscar la información solicitada, miro por la ventana en lo que me acuerdo. Ahí, arriba, están dos mirlas paradas en el techo del vecino. Miran a su vez hacia el techo de mi departamento. No hay argüende. A veces se observan entre sí y luego al horizonte. Están en silencio. Guardar capturas de pantalla. Convertir a gif. Reproducir. Reproducir. Reproducir.

 

 

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Autores
(Toluca, 1987) es egresada de la Licenciatura en Derecho, estudia Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Escribe ensayo y poesía. Mantiene un bot literario en Twitter bajo @uneusuarie.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Secretaría de Cultura