Tierra Adentro

Detalle del retrato de Alfonso Reyes realizado por David Alfaro Siqueiros (1960). Wikimedia Commons.

Notas sobre el pensamiento de Alfonso Reyes

¿Es absurdo que, a estas alturas, encuentre uno en ciertos libros un oráculo para la vida, una brújula para guiarse en medio de la incertidumbre y la confusión?

(¿A estas alturas de qué? ¿Del siglo? ¿De cuál: el 20, el 21? ¿A estas alturas de la vida: los desencantados treinta y tantos? ¿A estas alturas del posthumanismo, del sujeto descentrado, del núcleo pulverizado de la subjetividad? ¿A estas alturas de la modernidad, rabiosamente individualista, hipercrítica, ajena a cualquier entusiasmo y refractaria a toda fe? Da lo mismo, “a estas alturas” es un decir, una rebaba del estilo, y no obstante alcanza a significar algo, aunque sea negativa y sinuosamente.)

¿Es absurdo que un escritor como Alfonso Reyes pueda ejercer sobre nosotros una suerte de sacerdocio laico? Durante la adolescencia, como yo pertenecía a un círculo de buenos muchachos en una escuela de muchachos buenos, leí muchos tratados y discursos sobre la virtud y el sacrificio. Al poco tiempo, tan altos encomios de la virtud me dejaron un pozo de inquietud y tristeza, un miedo de la vida, sustancia tan emanada de Dios que el vivir mismo podía mancillarla. En ese mal momento de la primera juventud, cuando estamos cansados de la vida antes de empezar a vivirla, llegó para mí el tomo tercero de las obras completas de Alfonso Reyes, con todo su poder desestabilizador: ¿se puede escribir en verdad de esta manera, de todo y de nada, con esa libertad para bosquejar teorías y forjar para sí mismo una idea de la existencia, con esa afirmación vital insobornable, escribir con la gravedad de los ochenta años y la liviandad de los veinte?

Ya suena a vuestros oídos la palabra mágica: “el altanero no importa que surge del fondo de la vida”. Un nuevo entusiasmo semejante al chorro de la fuente que se recobra al tiempo que cae. Un optimismo sin complacencias pueriles. Porque todos esos rodeos del razonamiento con que se nos quiere hacer aceptar el mal de la vida no son más que un gran pecado. No importa: un optimismo vital; parte mínima, pero preciosa del optimismo; la única en que la dignidad de la mente podía consentir, mientras la razón se restablecía de sus heridas.[1]

Salida de la pluma de Reyes, la palabra “pecado” ya no me soliviantaba, ya no me producía náuseas, y, enmarcada en el pensamiento moral que está repartido en sus obras, cobraba sentido. Cobraban sentido otras nociones que me habían sido impuestas de chamaco, y otras se marchitaban definitivamente. Virtud y vicio, libre albedrío, principios morales, serenidad ante el infortunio, capacidad de alegría… el pensamiento ético de Reyes recurre constantemente a nociones clásicas, saquea los cofres de filósofos como Aristóteles, de moralistas como Gracián, de poetas como Dante y Kipling. No hay que tener miedo a las palabras: cuando algunas se han impregnado de un tufo a sacristía, hay que disipar el tufo, no la palabra; de otra manera, se corre el riesgo de perder un enorme caudal de experiencia en el ámbito del pensamiento moral; de otra manera no se puede entender el intelecto de Reyes, conectado de tal modo a la tradición humanista que cada evocación de los Grandes Nombres —en otros mero adorno y charolazo— en él es actualidad, pensamiento pensado, vivo.

A continuación ofrezco algunas notas para acotar el pensamiento moral de Alfonso Reyes.

 

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Tumba de Alfonso Reyes en la Rotonda de las Personas Ilustres, CDMX. Wikimedia Commons.

 

 

1. El anillo de Giges

Tras haber despachado a Trasímaco de Calcedonia en el libro primero de La República, Sócrates se disponía a zanjar la discusión sobre la justicia que se desató en casa de Polemarco. Aquella tarde, en compañía de Glaucón, Sócrates había descendido al Pireo, el puerto ateniense, para asistir a la celebración de una diosa tracia; tomaban ambos el camino de regreso, cuando un esclavo les dio alcance y les rogó esperar a su amo, que venía a hacerles una invitación. Sin hacerse mucho del rogar, Sócrates y Glaucón aceptaron asistir a la tertulia de Polemarco.

Ya daba pues Sócrates por terminada la discusión, cuando Glaucón, “que siempre y en cualquier circunstancia es de lo más belicoso”, irrumpió alegando que, si la intención de Sócrates era convencerlos de que la justicia es mejor que la injusticia, no lo había logrado aún. “En mi opinión, a Trasímaco lo has fascinado demasiado pronto, como lo harías con una serpiente”.[2]

“Que le sirvan otra copa a mis amigos Sócrates y Glaucón”, dijo presumiblemente Polemarco, previendo que la disputa iba a continuar todavía durante muchas horas. Procedió entonces Glaucón a exponer por qué parece que el hombre justo lo es por coerción o por contrato social, mas no porque considere la justicia amable o provechosa en sí misma. La justicia, agregó, suele considerarse como perteneciente al mismo género de bienes que las medicinas, que nos resultan desagradables en sí, pero cuyas consecuencias son benéficas.

Para demostrar que el hombre justo lo es a su pesar, y sólo por la imposibilidad de ser injusto impunemente, Glaucón recordó la historia de Giges, fundador del linaje de Creso, rey de Lidia. Los campos de Lidia fueron sacudidos por una tempestad y un terremoto. Allí donde Giges, un simple pastor, apacentaba su rebaño, la tierra se desgajó dejando una zanja muy grande. Giges se deslizó dentro de la zanja y halló un caballo de bronce. Era una estatua hueca, dentro de la cual yacía muerto un gigante con un anillo de oro. Giges se apoderó del anillo y abandonó la abertura. Accidentalmente se dio cuenta que, al ponerse el anillo y darle un giro, la gente no podía verlo. Hizo varios ensayos y aprendió que podía hacerse invisible a voluntad, por la arcana virtud de la sortija.

He aquí el bien cuya posesión pondría a prueba la firmeza del hombre más justo, del más enamorado de la virtud. ¿Se contendría de robar en el mercado? ¿Se abstendría de una conducta licenciosa? ¿Se vedaría el engaño y la indebida curiosidad?

Giges no fue tan probo. En conspiración con la reina, asesinó al rey de Lidia y usurpó su trono. “Si algún hombre”, añadió Glaucón para remachar su argumento, “en posesión de un poder como el de Giges, no consintiera jamás en cometer injusticias o en atentar a la propiedad ajena, los que estuvieran en el secreto le tendrían por el más infeliz e insensato de los hombres. Cierto que en público le ensalzarían, pero a conciencia de que se están engañando mutuamente…”[3] Piénselo por un instante el lector y sopese las casi innumerables posibilidades de ganancia (de todo tipo) que ofrecería el legendario anillo. ¿Quién se atrevería a censurar severamente la conducta de Giges, un ser humano que poseyendo un don sobrehumano se comportó sólo como un ser humano?

Cabe cuestionar entonces qué clase de contraintuitivo saber es la ética, que parece exigir un comportamiento que está casi por encima del hombre común. Incluso cabe poner en tela de juicio la necesidad de este saber y, situándonos en el lugar de Giges, como dueños del anillo, preguntarnos: si no es el temor al castigo, ¿hay alguna razón para no entregarme a las tendencias de acumulación y dominio que de modo tan natural habitan en mí?

—En una nuez, la condición humana —respondería Alfonso Reyes en el opúsculo sobre la ética que publicó en 1944 (Cartilla moral). De lo que somos se desprende lo que debemos ser. Y no somos poco. “El hombre debe sentirse depositario de un tesoro, en naturaleza y en espíritu, que tiene el deber de conservar y aumentar en lo posible. Cada uno de nosotros, aunque sea a solas y sin testigos, debe sentirse vigilado por el respeto moral y debe sentir vergüenza de violar este respeto”.[4] Incurrir en lo que algunos filósofos llaman la falacia naturalista tendría a Reyes sin cuidado, porque en la Cartilla moral estaba escribiendo no para el especialista, sino para el público general, para el estudiante incluso, pero sobre todo, como en la mayoría de sus escritos, para el lector despierto e inteligente, capaz de reflexionar sobre el mundo moral en que habita.

¿Ante quién se avergonzará Giges cuando el fabuloso anillo lo ponga en ocasión de actuar injustamente? Ante sí mismo. Reyes entiende la vergüenza como un mecanismo de autodefensa moral. Y es que la vergüenza es una pasión: un sentimiento que padecemos, una modificación que nos ocurre. Definición de la vergüenza desde el punto de vista ético: una suerte de tristeza o desazón que sobreviene a quien se da cuenta de no haberse comportado a la altura de su naturaleza.[5]

Una faceta de Reyes el escritor es Reyes el moralista: un observador de las costumbres y las ideas acerca de la justicia y el bien. El regiomontano no emprende una crítica de las condiciones de posibilidad de las normas éticas. Su filosofía moral se parece más a la de los antiguos griegos que procuraban definir las cualidades de una vida buena, que a las investigaciones éticas posteriores a Kant. Christopher Domínguez ha escrito en alguna parte que si a Platón y Séneca les fuera concedido darse una vuelta por una librería de nuestro tiempo, se sorprenderían de encontrar sus escritos morales en los anaqueles filosóficos; quizás tomarían discretamente sus libros y los colocarían sobre la mesa de autoayuda: aun entre tanta bazofia, quedarían mejor clasificados. Lo mismo pasa con los escritos morales de Reyes. El regiomontano recibe una tradición y la enriquece a través de la escritura. La dignidad especial del ser humano es su punto de partida; de ahí en más, ir bordando las exigencias éticas que se derivan de ella, con el doble reto que supone la materia: persuadir y matizar. La Cartilla moral, en apariencia un libro elemental y modesto, es un modelo de sabiduría ética; más que un examen de los principios, es la exposición concisa de un expediente milenario y la tentativa por condensarlo para el lector común. La retórica frente a su más arduo desafío.

Jamás habremos puesto un empeño excesivo, dice Reyes, en cuidar nuestro tesoro, metáfora del valor de la existencia, y sin embargo este cuidado no debe confundirse con temor de actuar, con miedo a ensuciar ese caudal, ni con una excesiva solemnidad derivada de su dignidad y excelencia. Al postular el carácter modélico de la sabiduría moral de Alfonso Reyes, podemos estar seguros de no exaltar un angelismo inalcanzable. El sujeto moral de Reyes es un hombre de carne y hueso, bien plantado en el mundo, deseante, con un cuerpo que no es accesorio prescindible ni maldición de la existencia humana.

 

Monumento a Alfonso Reyes. Jardines de El Rosedal, Buenos Aires, Argentina. Wikimedia Commons.

Monumento a Alfonso Reyes. Jardines de El Rosedal, Buenos Aires, Argentina. Wikimedia Commons.

 

 

2. De higiene y alegría como cualidades morales

Entre las “dilucidaciones casuísticas” que propone Reyes en El suicida, me gusta una que trata sobre el hombre que se hartó de vestirse por la mañana y desvestirse por la noche, y llegó a desesperarse tanto con “las rutinas sagradas de la existencia”[6] que acabó matándose. Claro que hay algo humorístico en este caso particular de neurastenia, pero también algo de serio en ese adjetivo “sagradas” y en la consideración de las formas elementales de higiene como deberes éticos. Recuérdese el cuidado que don Rigoberto, el polimorfo erotómano de Vargas Llosa, otorgaba al ritual higiénico, y la continuidad que existía entre amar cada parte del propio cuerpo y venerar cada centímetro del cuerpo de su esposa. En la meticulosa atención a las grandes orejas de don Rigoberto, a las uñas de los pies, a la velluda nariz, Vargas Llosa elabora un equivalente narrativo de las odas elementales nerudianas, orientado no hacia las criaturas humildes y los utensilios cotidianos, pero hacia la corporalidad desmenuzada, demorada, contemplada con esmero y solicitud.

Sería hiperbólico hablar de la higiene como virtud clave en el pensamiento moral de Reyes si no fuera por la relevancia de subrayar que el arte de la ética no consiste en “negar lo que hay de material y natural en nosotros, para sacrificarlo de modo completo en aras de lo que tenemos de espíritu y de inteligencia”.[7] Hay que advertir qué poco puede pecar de angelismo una ética que no pasa por alto ni menosprecia el respeto por el propio cuerpo y la salud. Una ética, además, que aclara que este respeto “no significa que nos avergoncemos de las necesidades corporales impuestas por la naturaleza, sino que las cumplamos con decoro, aseo y prudencia”.[8] La vergüenza como reacción ética ocurre cuando actuamos por debajo de nuestra dignidad, pero bien sabemos que, respecto del cuerpo y sus necesidades, los puritanos de toda hora están siempre dispuestos a canonizar una vergüenza torpe y espuria cuyo nombre certero es ñoñería. Ese falso pudor, esa apocada ocultación lamentaba Pablo Neruda en Residencia en la tierra:

Las gentes cruzan por el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
y se habla favorablemente de la ropa,
de pantalones es posible hablar, de trajes,
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de “señora”),
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.[9]

Residencia en la tierra, además de un nombre certero para un libro excepcional, haría un título perfecto para una meditación ética: la especulación moral consiste en preguntarnos cómo residir en la tierra de la mejor manera. En la Cartilla moral Reyes ataca el tema en un orden que va de lo más individual, el cuidado del propio cuerpo, hasta lo más amplio, el cuidado del mundo natural, pasando por los deberes que se derivan de nuestra condición social: el cuidado del mundo político.

Si el vocabulario de Reyes en este opúsculo puede sonar anacrónico —sobre todo los “respetos morales”—, en cambio sus ideas ecologistas parecen adelantadas a su tiempo, y no lo son, puesto que se trata de nociones añejas, derivadas de la tradición humanista. Reyes habla de la inmoralidad de no reciclar los desperdicios de la vida diaria, y de la maldad que implica ensuciar el agua o destruir un bosque. Y más: “Cuando un hombre que vive en un jardín ignora los nombres de sus plantas y sus árboles, sentimos que hay en él algo de salvaje; que no se ha preocupado de labrar la estatua moral que tiene el deber de sacar de sí mismo. Igual diremos del que ignora las estrellas de su cielo y los nombres de sus constelaciones. El amor a la morada humana es una garantía moral…”[10] Conocer el mundo que nos rodea, cuidar la salud de nuestro cuerpo, respetar el trabajo de los demás y procurar una convivencia política más justa… si todo esto es parte de la moral, vivir es en sí mismo una pasión ética. Y sin embargo, contrapuntea Reyes, “esto no significa que nos consideremos a nosotros mismos con demasiada solemnidad, porque ello esteriliza el espíritu, comienza por hacernos vanidosos y acaba por volvernos locos”[11]. Llamo elegancia y sabiduría moral a una concepción que pendular e incesantemente va de la insistencia en que la ética se halla en el quicio de la existencia humana, a la práctica y seria afirmación de que la vida no es tan seria.

En la ética, en la vida moral me juego mi apuesta existencial: la posibilidad de aprender a vivir. Es cierto, y una vez que lo has entendido, quítale tanta formalidad a tu afirmación, quítale adustez a tus conclusiones y quítale, sobre todo, cualquier viso de oscura severidad a tus acciones: “El descanso, el esparcimiento y el juego, el buen humor, el sentimiento de lo cómico y aun la ironía, que nos enseña a burlarnos un poco de nosotros mismos, son recursos que aseguran la buena economía del alma, el buen funcionamiento del espíritu”[12]. En el juego de poleas de la vida moral, Reyes asigna un peso decisivo a la ligereza. Hay que defender la alegría, según los versos de aquel buen mal poeta uruguayo (si podemos coincidir en la categoría de “buena mala película”, no veo por qué no hablar del “buen mal poeta” que cada generación parece empeñada en consagrar): defenderla de la rutina y de las mayúsculas, de las ausencias breves y las definitivas, incluso del sinsabor de estar absurdamente alegres. Reyes se suma a la defensa: “La… capacidad de alegría es una fuente del bien moral” [13]. Muy bien, pero, a oídos posmodernos, ¿no suena todo esto a discurso enmohecido, anticuado, superado? Hablar, en un libro de ética, de higiene y alegría, de buena economía del alma, ¡y sin pizca de sarcasmo! Casi tan ingenuo como entender la vida moral a partir de una falla originaria en la condición humana.

 

Escultura de Alfonso Reyes en la Casa del Lago, CDMX. Wikimedia Commons.

Escultura de Alfonso Reyes en la Casa del Lago, CDMX. Wikimedia Commons.

 

 

3. El deshielo universal

Aquel joven neoyorkino, inclinado hacia el jazz y sensible a los matices de la poesía, se pintó las uñas de negro y se hizo una carrera fabulosa en la música rock, tocando guitarra, combinando letras sórdidas y decadentes con interludios de ingenuidad y coloquialismo. Ya con las mejores salas de conciertos a su disposición, juntó a sus amigos actores con sus amigos músicos para montar un recital dedicado a la obra de Edgar Allan Poe. Sin demasiado respeto hacia la teoría de la composición poética de Poe, metió mano en algunos de los versos, agregó otros, alternó canciones con poemas y distribuyó los estados de ánimo durante el concierto con un sentido teatral. Un disco derivó de todo esto. En el folleto que acompaña al disco, Lou Reed explica el motivo central del proyecto: “Estamos rodeados de obsesiones, paranoia, actos voluntarios de autodestrucción. Pese a los años, todavía escuchamos los gritos de aquellos para quienes la atracción hacia un lúgubre caos es monumental. He releído y reescrito a Poe para volver a las preguntas de siempre. ¿Quién soy? ¿Por qué me siento inclinado a hacer lo que no debería? He batallado con esto incontables veces: los impulsos autodestructivos, el deseo de autoaniquilación”[14]. Aunque una espectacular y grandilocuente atracción hacia el abismo domina el espectáculo que Reed tituló como el poema de Poe, “The Raven” (“El cuervo”), las preguntas que plantea son válidas también para los procesos lentos y dolorosos de oxidación moral, para el decaimiento sin brillo ni aspavientos románticos, ejemplificado en los personajes que deambulan por los astilleros decrépitos de Juan Carlos Onetti. Excepto por los caminos alegóricos del mito y el arte, muy poco hemos logrado hacer para desentrañar el sentido de estas energías de desplome que nos habitan, esta voluntad de precipitarnos.

Reyes evoca el concepto nuclear de la Caída a partir de la contemplación, en el Museo Arqueológico de Madrid, de un objeto de marfil que representa el desplome al infierno de Luzbel con su legión de ángeles: un enjambre de cuerpos enredados despeñándose, una confusión de figuras cayendo interminablemente. En el primer ensayo de Ancorajes, Reyes lleva el significado de esta pieza tallada hasta un extremo ontológico: “El mundo todo se viene abajo; hay un deshielo general, un deshacerse, un desintegrarse”[15]. El regiomontano parece atender en este texto a la norma dictada por Simone Weil, para quien “la creación está hecha del movimiento descendiente de la gravedad” y “todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material”[16]. Siguiendo su dinámica natural, el mundo se desploma, se deslava, gime, y hay cierta tesitura del alma bajo la cual somos capaces de oír su llanto. Ya se encargó Gabriel Zaid de subrayar, en Tres poetas católicos, este poema de Reyes, quizá el último que escribió en su vida:

Al declinar la tarde se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.

No sabemos de dónde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.

—¡La noria que chirría! —dicen los más agudos—.
Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Qué cosa singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando mudos,
porque la vocecita no deja de llorar.

Ya es franca desazón lo que antes era risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.

Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos sin embozo,
porque la vocecita no deja de llorar. [17]

Más que una mera incursión en la falacia patética (proyectar en el mundo natural los pasajeros estados interiores, ya sea para que el amanecer coincida con el ánimo de recomenzar o para que la tormenta funcione como escenografía de nuestras tribulaciones), hay algo como un horizonte ontológico en este poema, donde el ser humano, exiliado de la creación, se reintegra al padecimiento del mundo. Zaid sugiere que este poema “parece hablar de un sentimiento del mundo moderno que no encaja en el mundo moderno: de un llanto secreto por la muerte de Dios, que nadie puede hacer callar”[18]. Quizás Reyes, más que referirse a un sentimiento propio del mundo moderno, alude a uno más antiguo y universal, un llanto no por la muerte de Dios, sino por su ausencia, que data de la Caída y marca el inicio de la historia. “Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”, escribe San Pablo a la comunidad cristiana de Roma. “Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo”. [19] Las junturas del mundo rechinan dolorosamente cuando se mueve. Bien mirado, “el cielo es un sollozo / y hasta finge un sollozo la leña del hogar”. Uno de los motivos predilectos de los poetas malditos, l’Ennui (el Tedio), pone al alma en ocasión de percibir los sollozos. El Tedio da a nuestra alma una tonalidad, un ritmo interior que alcanza, por simpatía, a percibir el llanto del mundo.

Abandonados a la gravedad como ley fundamental del mundo físico y humano, desencantados del espíritu como fuerza ascendente, resistente, constructora, tienen razón los pesimistas en llorar la existencia, porque el mundo pesa y, en su descendimiento, llora.

Pero Alfonso Reyes no es un pesimista. No se abandona a la caída. Por el contrario, lamenta la falta de ánimo para rebelarse contra las leyes naturales. La cualidad más ponderada, por ello, en ese hatillo alucinante de teorías que Reyes engarzó en El suicida, es la rebeldía, simbolizada por las misteriosas desapariciones de gente en Nueva York. Gente que huye de la rutina, del carrusel de la vida inmóvil. Y el hábito más deplorable es la aceptación, la pasividad sintetizada en la canción francesa de la borrachita que nació bebiendo (“la han destetado con ajenjo”, dice Reyes) y que quiere que la entierren en la cava, con la boca bajo el grifo:

J’en ai bu toute ma vie,
J’en boirai jusqu’à la fin.

Si je meurs, qu’on m’enterre
Dans la cave où est le vin. [20]

Añade Reyes en Ancorajes: “Hoy todo se explica por la pereza cósmica, por las ganas de dejarse, ¡oh vicio! Inútil disimularlo: es la Pereza, no es más que la Caída” [21]. La ética es lo contrario de abandonarse. Dejarse vivir es engordar moralmente, ganar peso, sumarse a la Caída. El esfuerzo moral consiste en modificarse, mientras que el acto contrario a la vida, insiste Reyes en su vena bergsoniana de El suicida, es la reiteración.

Y, aunque desde el punto de vista literario no haya comparación posible entre los ensayos de El suicida, una de las obras maestras de Reyes, y la Cartilla moral, escrita para un público vasto, destinada a la divulgación, el pequeño opúsculo viene a decir esto mismo en un lenguaje sencillo: “No todos tenemos fuerza para corregirnos a nosotros mismos y procurar mejorarnos incesantemente a lo largo de nuestra existencia; pero esto sería lo deseable” [22]. ¿Por qué? ¿Por qué corregirse? ¿Por qué no dejarse, abandonarse a la naturaleza, a la gravedad, a lo que somos? ¿Por qué no dejar que nuestra naturaleza —con el anillo de Giges o sin él— simplemente se desenvuelva? Este rechazo al movimiento natural, esta necesidad de corregir el rumbo, de renovarnos cotidianamente, ha sido explicada a través de un mito: el relato primordial de la Caída. Aquello que somos pesa, y, abandonado a su movimiento natural, cae, persiste en la inercia y la reiteración. La inclinación hacia el deshielo, propone Reyes, se contrarresta con un impulso fundamental de rebeldía, un no que la libertad pronuncia ante la fatalidad (ese venirse abajo y desmoronarse) de todo lo que nos rodea.

Dentro de un coloquio internacional en la Sorbona, una reunión interdisciplinaria e interreligiosa sobre las claves para entender dos mil años de cristianismo, George Steiner comenzó haciendo un recuento de los crímenes contra la humanidad cometidos en el siglo XX. Los ideales de la Ilustración, bajo una apariencia de libertad, contenían también esclavitud y opresión. Tardamos mucho en advertirlo. A juicio de Steiner, sólo Joseph de Maistre, antimoderno y pesimista, eludió el engaño. “Comprendió que las Luces son la principal tentativa de anular el concepto de pecado original, que la hermenéutica de fondo de la Ilustración es un rechazo de la caída del hombre en una desgracia (escrito así para darle a la palabra toda su potencia teológica) que durará hasta el Juicio Final. Toda crítica a profundidad de la Ilustración es una tentativa de restituir el estatuto explicativo, analítico, del concepto de esta caída primera” [23]. Reyes no defendió, como De Maistre, una vuelta al sistema feudal, monárquico y autoritario anterior a la Revolución francesa, pero en su comprensión del ser humano nunca consideró sensato descartar el mito fundacional de la Caída, y por eso elaboró un pensamiento ético que privilegia la necesidad práctica de corregirse a sí mismo durante cada día de la vida, junto con el rechazo del agrio mohín de la severidad, el apocamiento y la tiesura moral.

Reyes descreyó del mito contrario, el escurridizo concepto del buen salvaje. Al centro de su prolongado examen de las cosas humanas, disperso en veintitantos volúmenes, está la certeza de que “la existencia humana es una fatiga, una lucha; y el gusto de la vida es el gusto de la complicación. No: la vida sencilla no es la vida genuinamente humana; la vida sencilla es el patrimonio de los dioses, no de nosotros” [24]. La vida sencilla no necesita corregirse, modificarse, alterar el rumbo; la vida sencilla se vive con despreocupada alegría en la Arcadia de las leyendas, apacentando rebaños, pero confundir al ser humano de carne y hueso con aquellos míticos pastores es, para Reyes, una forma de autoengaño.

 

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Escultura de Alfonso Reyes, Monterrey. Wikimedia Commons.

 

 

4. Una empresa de reforma de uno mismo

El gusto moral de la complicación no ha de entenderse como masoquismo. Tiene mucho que ver, en cambio, con el gusto estético de la complejidad. El hombre se corrige y se labra moralmente como el pintor que vuelve sobre el lienzo y lo retoca con nuevas pinceladas. La vida sencilla no tolera el retoque, la reflexión y la corrección, porque son inauténticos. Auténticos son los bloques de mármol; inauténticos, “Los esclavos” de Miguel Ángel. Reflexionar siquiera, antes de aplicar el cincel, es ya traicionar el flujo natural de la vida. Pero resulta que los hombres (¡ah, qué seres testarudos!) somos muy poco naturales y le corregimos la plana al mármol, que tan bien estaba en su yacimiento. Descargamos el cincel sobre la piedra y la educación sobre los niños. Perfumamos, tatuamos y perforamos nuestro cuerpo, y nos tallamos el alma hasta dejarla otra. Somos unos salvajes. Unos salvajes de la desnaturalización.

Y algunos se empeñan sin descanso en su labor modificadora: “No sé si aún continúa la moda —dice Paul Valéry en la traducción de Jorge Guillén— de elaborar largamente los poemas, de mantenerlos entre el ser y el no ser, suspendidos ante el deseo durante años, de cultivar la duda, el escrúpulo y los arrepentimientos, de tal modo que una obra, siempre reexaminada y refundida, adquiera poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma de uno mismo” [25]. Empeño silencioso, continuo, de corregirse, alterarse, perfeccionarse y no enloquecer en el intento. Una empresa de reforma de uno mismo. Valéry quiere hablar sobre “El cementerio marino” y nos viene a definir la ética.

Subyugado por la pasión ética, pero afectado por la fatuidad de la juventud, el protagonista del ensayo “Del diario de un joven desconocido” (último texto recogido en El cazador) se imponía como modelo moral el de un varón intachable “que los bufones se echen a temblar de sólo mirarlo, y cuya presencia les sea remordimiento; un varón que dé, como Zeus, la mayor prenda de su voluntad con el movimiento solo, y levísimo, de su cabeza” [26]. Deseaba aquel joven llevar a la perfección todas sus capacidades, moldearse a fuerza de voluntad como un “varón absoluto”. Aspiraba a la virtud perfecta. Bajo la óptica de la Cartilla moral, el joven desconocido se consideraba con tanta solemnidad que iba camino a la enajenación.

Años más tarde, con la sabiduría que presta la edad, el protagonista mira hacia atrás y comenta: “¡Qué loco y qué vanidoso era yo entonces! […] En cuanto a la ingenua concepción del ‘varón perfecto y absoluto’ (¡qué hueco suena!) me siento a cien leguas de tan clásica aberración. Mi conciencia de la personalidad humana ha evolucionado, desde la imagen del rompeolas, hasta la imagen de la isla flotante, que es siempre una, y por eso no le importa ceder un poco” [27]. Es nuevamente Reyes completando el cuadro de la pasión ética —la necesidad de empeñarse de continuo en la reforma de uno mismo— con los toques de la flexibilidad, el buen humor y la huida de la vanidad: una especie de amistad con uno mismo, exigente e indulgente a la vez. Te es lícito decir que harás de tu propia vida una obra de arte, siempre y cuando recuerdes que el arte es juego y nunca ha sido cosa seria. Siempre y cuando tu trabajo artístico-moral no venga a ensombrecer tu semblante. A fin de cuentas, los más grandes artistas reconocen que la obra maestra es un don, que en ella colabora una dosis de azar, y que ni la pintura ni el poema ni la sinfonía están nunca totalmente terminados.

“Cultivar la duda, el escrúpulo y los arrepentimientos”, dice Valéry. Porque el artista es falible y debe desandar a veces sus pasos y corregir el rumbo. No obstante pareciera que, tal como una parte del arte moderno ha superado la idea de la composición y la ha sustituido por el genio que convierte en arte todo lo que toca, así también hay una ética que proclama que el ser humano, cuando actúa conforme a lo que siente, no se equivoca nunca. Donde no hay falibilidad no hace falta reforma.

 

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Alfonso Reyes. Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.

 

 

5. El derecho a la locura

La figura de Reyes convoca una reverencia tan unánime (y a veces tan inane), que no deja de ser divertido toparse con las ocasionales “faltas de respeto”. Leer al Ibargüengoitia crítico de teatro que califica la opereta de Reyes (Landrú) de “pedante, confusa y floja” y que, ante la valerosa defensa de Monsiváis, lamenta que en México no se pueda criticar una obra de Reyes sin aparecer como traidor a la patria [28]. Asomarse a la vanidad herida de Reyes (en el ensayo de Zaid: “López Velarde ateneísta”) [29], cuando Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri otorgan a López Velarde el sitio de poeta preeminente de su generación. Toparse con un Gerardo Deniz que escribe: “Hay un texto del Alfonso Reyes más ególatra (que ya es decir) titulado ‘Noche de mayo’ donde cuenta de cuando él nació, de la multitud regiomontana frente a la casa del general Bernardo Reyes, cuya esposa va a dar a luz” [30]. Pues bien, yo no sé si la palabra exacta sea egolatría, pero sugiero que la introspección casi obsesiva de Reyes fue una herramienta utilísima para desarrollar su pensamiento moral. En algún lugar dice que su carrera como escritor muestra un grado heroico de indiscreción: una incesante contemplación de sus estados interiores y un minucioso registro literario de las aristas, tránsitos y modificaciones. Necesitaba escribir para conocerse. Sondeaba la temperatura y coloración de sus emociones, las ponderaba en el laboratorio de su escritura, las contrastaba con sus lecturas, las veía reflejadas en sus poetas de elección, y al final sobre la página quedaba una mezcla en la que ya no era posible discernir qué le pertenecía a él y qué a sus libros. No hay nada escandalosamente original en la ética de Reyes, ni demoliciones estruendosas ni excavaciones insólitas, pero la alianza entre su humanismo y su introspección produjo una obra moral tan rica en matices como en convicciones.

Atento a las evoluciones y giros de su propia persona interior tanto como a los valores que consideraba comunes a toda la humanidad, el pensamiento moral de Reyes no desemboca en un ideal de uniformidad ni en la pretensión de homologar la conducta de los seres humanos. La ética es una teoría de mínimos. Que la higiene es mejor que el desaseo, el coraje superior a la cobardía, que la veracidad se impone sobre la mentira, la lealtad sobre la traición, la generosidad sobre la avaricia, la discreción sobre la maledicencia, en fin, no son más que mínimos que comparte la condición humana. De ahí en fuera, los caminos son tan diversos como válidos. Y, de preferencia, hay que intentarlos todos. Es lo que Reyes llama “el derecho a la locura” (un derecho moral frecuentemente escamoteado) y que consiste en resumidas cuentas en lo siguiente:

…mi corazón ha estado siempre con el que inventa un hábito nuevo, un nuevo ensayo biológico que imprima, para siempre, una transformación en la especie. Bernard Shaw habla con deleite de las agitaciones domésticas producidas en una familia burguesa y amiga del encierro, por una hija que sale aficionada al teatro y a los espectáculos. Para estas gentes tenemos una frase rancia y sabrosa: la hija “les salió novelera”. De hoy más, no habrá quietud en la casa; señor padre descuidará su reuma y señora madre tendrá que abandonar la cocina. ¡Oh, ráfaga salutífera! ¡Oh, aire fresco! La hija les salió novelera. […] —Un nuevo escalofrío has inventado —decía Víctor Hugo a Baudelaire. No se puede hacer mayor elogio. Inventad un nuevo escalofrío. ¡Ea! ¡Valor de locura, que nos morimos! Esta noche, al volver a casa, romped dos o tres jarros de flores, ordenad que abran las ventanas y enciendan a incendio las luces. Y cuando el ama, toda azorada, os pregunte qué fiesta es ésa, le diréis: —Hoy celebra un nacimiento mi alma: ¡le ha nacido, le ha nacido una hija novelera! [31]

Años más tarde, con esa manera tan suya de referirse a sí mismo, Reyes nos dice: “…yo trato de cerca de un hombre que, en su juventud, lanzó este grito: ¡Ea, valor de locura, que nos morimos!” Explica entonces que su elogio de la locura no es el intento de convocar la genialidad a través de la mera extravagancia, sino un acicate en pro de las audacias de la razón y en contra de las maneras estereotipadas de pensar y actuar. Alfonso Reyes no es el tío abuelo de la literatura mexicana: aburrido, conservador y obsesionado, si acaso, por la cordura y la cordialidad, esas cualidades tan convenientes para la suavidad en el trato. Los hallazgos inagotables de su prosa lo colocan a la vanguardia de las letras, mientras que su comprensión de lo humano lo pone junto a los más sutiles moralistas de la tradición hispánica, y, para algunos trasnochados como yo, en la alta y cursi jerarquía del sacerdocio laico. Lleven otros bajo el brazo, para entender un poco mejor las inquietudes de su espíritu, al self-help gurú de su preferencia; yo cargo mi Reyes, que me ayuda a vivir.

 

Este ensayo apareció por primera vez en Arqueologías del centauro: Ensayos sobre Alfonso Reyes, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2009 y se reproduce con permiso del autor.


 

NOTAS

[1]. Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 135.

[2]. Platón, La república, p. 42.

[3]. Ibid; p. 45.

[4]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 491.

[5]. Claro que hay más de una clase de vergüenza, según el motivo que la produce, porque uno puede sonrojarse simplemente por no cumplir con ciertas convenciones de su grupo social. Se puede argumentar que todas las normas morales son convenciones; ya se sabe que la pregunta ética por excelencia es si existe algún imperativo moral independiente de la circunstancia histórico-social del individuo, es decir, si la ética admite alguna universalidad, en cuyo caso podríamos hablar de la vergüenza como genuino sentimiento moral y no sólo como el dolor de incumplir con los convencionalismos que nos impone la sociedad. Si adjudicamos a la ética cierto tipo de universalidad, como lo hacía Reyes, el invisible Giges podría sentir vergüenza de su iniquidad, no sólo a causa de esa moralina oprimente cuyos resabios lo siguen molestando, sino por una intuición fundamental de lo bueno y lo malo, una suerte de instinto moral.

[6]. Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 227.

[7]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 486.

[8]. Ibid; p. 491.

[9]. Pablo Neruda, Residencia en la tierra, p. 60.

[10]. Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 504.

[11]. Ibid; p. 491.

[12]. Idem.

[13]. Idem.

[14]. Lou Reed, The Raven, s.p. [Traducción del autor].

[15]. Alfonso Reyes, Obras completas XXI, p. 27.

[16]. Simone Weil, La pesanteur et la grace, p. 1-5 (Trad. en español: La gravedad y la gracia). 

[17]. Alfonso Reyes, Obras completas X, p. 238.

[18]. Gabriel Zaid, Obras 2, p. 539.

[19] Romanos, 8:23.

[20] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 232.

[21] Alfonso Reyes, Obras completas XXI, p. 47.

[22] Alfonso Reyes, Obras completas XX, p. 488.

[23] George Steiner, “À l’ombre des Lumières”, s.p. Mi traducción.

[24] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 168.

[25] Paul Valéry, Oeuvres de Paul Valéry I, p. 1496.

[26] Alfonso Reyes, Obras completas III, p. 209.

[27] Ibid., p. 210.

[28] Cf. Jorge Ibargüengoitia, El libro de oro del teatro mexicano, pp. 165-178.

[29] Cf. Gabriel Zaid, Obras 2, pp. 367-378.

[30] Gerardo Deniz, Visitas guiadas, p.48.

[31] Alfonso Reyes, Obras completas II, p. 68.


Autores
(Ciudad de México, 1974) es ensayista y narrador. Ha publicado ensayos en suplementos culturales y revistas. Es autor de la novela Quincalla (2005) y de tres libros infantiles, y traductor del Breve tratado del desencanto de Nicolás Grimaldi (2008). Fue reportero en Canal 22 y el diario Reforma. Vive en St. Louis, Missouri, donde prepara un libro de crítica sobre el humor en la literatura mexicana.
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