Tierra Adentro

Ilustración realizada por Mildreth Reyes

En una de las entrevistas que concedió tras su captura, desde la penitenciaría de máxima seguridad de Florence, Colorado, Theodore Kaczynski adelantó un futuro incierto aun a esas alturas. En 2020 los seres humanos serían capaces de descargar su información mental y genética en computadoras, por medio de lo que más tarde recibiría el nombre de transferencia mental. La raza humana trascendería sus incapacidades corporales, denigrándose cada vez más, y lo peor, según Kaczynski, es que sucedería en menos de cincuenta años. Semejante especulación no era consecuencia de su supuesto desequilibrio mental, como indujo la campaña mediática en su contra, sino la tesis más radical de un movimiento cuyos conceptos teóricos circulaban ya desde principios del siglo XX: el transhumanismo. Tal vez el prestigioso matemático errara en sus cálculos, pero es justo esa incertidumbre temporal, lo difuso del horizonte tecnológico, lo que dota de vigencia al caso de Unabomber.

Acrónimo de University and Airline Bomber, el apodo acuñado por el FBI describía el método del terrorista que puso en jaque a la agencia policiaca más poderosa de los Estados Unidos. De 1978 a 1995 Kaczynski fabricó 16 bombas, algunas instaladas en vuelos comerciales, pero la mayoría disfrazada de cartas dirigidas a profesores, investigadores y científicos que encarnaban el sistema tecnológico-industrial del que Kaczynski renegaba; ese mismo sistema que lo persiguió aun en los recovecos del bosque, donde encontró refugio no solo para perfeccionar sus bombas y esconderse por diecisiete años, sino también para establecer un cuartel secreto, la base de su anarco-primitivismo.

Luego de renunciar a su puesto como profesor asistente en la Universidad de California, Kaczynski se mudó a Lincoln, Montana, donde compró un terreno y construyó allí mismo una cabaña con dinero de sus padres. Para sobrevivir se hizo de comida enlatada, además de reciclar latas de refresco y robar clavos, cerillos, cables cortados y demás residuos tecnológicos que encontraba en la basura de sus vecinos. Había reunido una modesta biblioteca conformada en su mayoría por manuales para fabricar bombas caseras, libros de química y uno que otro clásico literario. Quizás Walden de Henry David Thoreau, del que más tarde el propio Kaczynski confirmaría la influencia del principal instigador de la desobediencia civil en su labor activista.

Sin embargo, pese a haber renunciado a la academia, nunca dejó de ejercitar su pensamiento radical, esas “ideas invisibles […] el último refugio de la rebelión”, como anota Ricardo Piglia en voz de Thomas Munk, su reelaboración de Kaczynski en El camino de Ida. “Solamente podemos resistir —continúa Munk— escondiendo nuestros pensamientos invisibles, confundiéndolos con la multitud. Somos individuos dispersos, metidos en los bosques, perdidos en las grandes ciudades, sujetos en fuga extraviados en las praderas”. Después del primer ataque en mayo de 1978, cuyo destinatario era un profesor de ingeniería de materiales de la Universidad de Northwestern, Illinois, Kaczynski comenzó una suerte de bitácora donde registró el paulatino cumplimiento de sus planes. Cada línea fue sustituida por un patrón numérico descifrable únicamente por él.

Según Joel Moss, agente designado por el FBI para seguir su rastro, el diario contenía “solo números. Páginas y páginas de números. Y resultó que había una clave oculta en las escrituras para traducir estos documentos numéricos. Resultaron ser confesiones directas de todos los crímenes de Unabomber y de cómo se sintió al respecto”. La idea central de ese diario era el regreso a lo que Kaczynski llamaba “la Naturaleza” (la mayúscula acaso sea un resabio romántico de influencia roussoniana), el verdadero futuro de la humanidad. Volver a ella significaba quemar las naves de la civilización y sus rasgos más opresivos, como la tecnología al servicio de la ambición capitalista.

Kaczynski sorprendió a todos por su impecable carrera académica. Se trataba de un profesor metido en actividades terroristas, un revolucionario que llevó su activismo a las últimas consecuencias, un hombre entregado a sus ideas en defensa de la humanidad, por más que, para cumplirlas, “algunos deban morir”. Tenía muy claro a quiénes dirigir sus proyectiles: investigadores que asumían el rol de engranes, cómplices de un sistema que “ha desestabilizado la sociedad, ha hecho la vida imposible, ha sometido a los seres humanos a indignidades, ha conducido a extender el sufrimiento psicológico […] y ha infligido un daño severo en el mundo natural. El continuo desarrollo de la tecnología empeorará la situación”.

Lo anterior es parte de La sociedad industrial y su futuro, el manifiesto que mandó en 1995 a la redacción del The New York Times con la condición de que renunciaría a continuar con sus actividades terroristas si lo publicaban. El periódico aceptó, y Kaczynski desbloqueó un nuevo nivel: hacerse oír, esta vez no solo mediante bombas fabricadas sino con ideas igualmente explosivas.

Leído en retrospectiva y con menos de cuarenta años de distancia, en el manifiesto destacan dos ideas que describen, a mi parecer, las aspiraciones reales de la avanzada tecnocientífica en el presente. Por un lado, escribe Kaczynski, “la restricción de la libertad es inevitable en la sociedad industrial ya que el hombre está atrapado en normas y regulaciones y sus destinos dependen de acciones de personas que están lejos de ellos, por lo que no pueden influir en estas” (párrafo 114). Por otro lado, continúa, existe una “falta de autonomía a la hora de tener metas reales, esto se ve reflejado en actividades sustitutorias que son metas en las cuales las personas nunca quedan satisfechas, como el conseguir un cuerpo correcto, riqueza, autorrealización, etc.” (párrafo 38).

En el presente existe un lugar que reúne las cualidades antagónicas del activismo de Kaczynski: Silicon Valley, el corazón del tecnoprogresismo. Emplazado en San Francisco, California, es sede de empresas y startups en su mayoría dedicadas a (y financiadas para) proponer innovaciones en la vida cotidiana por medio de tecnología. De acuerdo con Mark O’Connell en Cómo ser una máquina, “la retórica de la élite friki de Silicon Valley está impregnada de un leve idealismo contracultural: cambiar el mundo, mejorar las cosas, trastocar el antiguo orden, etc. […] Desde esta perspectiva, la muerte ya no [es] un problema filosófico: [es] un problema técnico; y todo problema técnico admit[e] una solución técnica”.

Quienes se encuentran detrás de las investigaciones en Silicon Valley no esconden su adhesión a la filosofía transhumanista.  De hecho, el movimiento surge como vertiente de la teoría evolucionista, particularmente derivado de la eugenesia, que fue mal interpretada, o interpretada a modo, durante la segunda guerra mundial para justificar una limpia de grupos sociales históricamente relegados. No es fortuito, por tanto, que Kaczynski pronosticara un mundo gobernado por máquinas, regido por inteligencia artificial, desmaterializado y vuelto a cargar en dispositivos que suplieran el cuerpo humano. Se trataba de un proyecto entregado desde principios de siglo al “mejoramiento” de la especie humana por medio de tecnología cada vez más sofisticada.

En la década de los cincuenta, el biólogo británico Julian Huxley fue el responsable de bautizar el movimiento. Buscaba describir la necesidad del ser humano de que, según Rafael Monterde Ferrando (“Génesis histórica del transhumanismo”, 2021) “trascendiera a sí mismo, pero no esporádicamente, aquí un individuo, de una manera, allá otro individuo de un modo distinto, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para este nuevo credo. Tal vez sirva transhumanismo, esto es, el hombre permaneciendo como hombre, pero yendo más allá, superándose a sí mismo al realizar nuevas posibilidades de su naturaleza humana y para su naturaleza humana” (145).

De acuerdo con Monterde Ferrando, “el hombre que dio pie a las especulaciones eugenésicas fue Francis Galton, quien, inspirándose en las ideas evolucionistas de su primo, Charles Darwin, pensó que la libertad humana sería tal cuando tuviera bajo su control su propia evolución” (143). Huxley recuperaría las lecciones morales de Galton, quien a su vez pretendía imponer la eugenesia como una práctica que redimiera a la sociedad victoriana, aquejada por la “degradación progresiva de la condición biológica de sus miembros”. “Para Galton —continúa Monterde Ferrando— la eugenesia representaba la ciencia del mejoramiento de la raza, aquella que buscaba sus mejores cualidades para potenciarla tras un proceso de selección artificial” (143).

Para el incipiente credo transhumanista, había que trascender las posibilidades del cuerpo humano, y con esto alcanzar la perfección, una perfección autorregulada por sí misma. Por esos años el concepto de cyborg ya había sido propuesto por Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline, dos médicos y neurólogos estadounidenses cuya propuesta de fabricar a un humano que aprendiera a adaptarse a los climas hostiles de otros planetas, estaba muy emparentada con el tono futurista de la ciencia ficción, que visualizaban la vida humana lejos de la Tierra. Kaczynski, en las antípodas de este pensamiento, promovía el regreso a la naturaleza. No había necesidad, según pensaba, de salir de este planeta, por lo tanto, los científicos como Clynes, Kline, Huxley y Galton debieron parecerle francamente equivocados, pues emprendían un camino que su ecologismo radical miraba con malos ojos.

En todo caso, lo que estuvo en juego durante los dieciséis años de activismo de Kaczynski fue la vida humana y su porvenir. Por un lado, estaba el rompimiento inevitable con la sociedad moderna, entusiasmada con la cultura tecnológica, lo que a la larga afectaría la vida de los seres humanos, degradándolos y sometiéndolos, como anota en su manifiesto, “a grandes indignidades [lo cual] infligirá gran daño en el mundo natural, probablemente conducirá a un gran colapso social y al sufrimiento psicológico”. Por otro lado, se encontraba el transhumanismo y los avances biomédicos y neurocientíficos, y sus respectivos promotores —desde investigadores y médicos hasta aficionados, filósofos y agentes culturales— para los que el cuerpo y sus afecciones (la muerte, las enfermedades) son el verdadero problema, la diana a la que hay que apuntar si el ser humano desea vivir larga y felizmente.

Hasta el momento, lo más cerca que se ha estado del pronóstico de Kaczynski y de los postulados más radicales del transhumanismo, han sido las simulaciones artificiales del cerebro de algunos animales. De acuerdo con un estudio publicado por investigadores de Stanford, “en 2007, la mayor simulación cortical contenía unos ocho millones de neuronas —el equivalente a la mitad de un cerebro de ratón— y sólo cuatro años después, los científicos fueron capaces de emular cerebros compuestos por más de 1.500 millones de estas estructuras”. Esta idea es recurrente en las propuestas más arriesgadas de algunos transhumanistas destacados, como Ray Kurzweil, quien impulsó la creación de la Universidad de la Singularidad emplazada en Silicon Valley. En su libro La Singularidad está cerca (2005), Kurzweil asegura: “Una emulación del cerebro humano que se ejecutara en un sistema electrónico funcionaría mucho más deprisa que nuestro cerebro biológico”.

El propio Kurzweil, acostumbrado como hombre de ciencia a lanzar fechas futuras como una forma de hacerlas presentes, prolonga una década más el pronóstico de Kaczynski. Kurzweil prevé que el 2030 sea el año crucial para realizar las primeras transferencias mentales. Se trata de lo que el transhumanismo, desde los años de Huxley, insistió en llamar “mente incorpórea”, una suerte de desplazamiento hacia afuera de la experiencia de vida humana y su fusión, casi mística, con el universo. “Nosotros somos cósmicos”, anota el filósofo iraní Fereidoun M. Esfandiary (más tarde FM-2030, año en que según él conseguiría la inmortalidad) en Up-Wingers, uno de los primeros manifiestos del movimiento transhumanista.

Acaso, tanto en la propuesta de Kaczynski como en la del transhumanismo radical, el objetivo en común sea fundirse con el cosmos, ser uno con el universo, volver a un estadio primigenio en que el ser humano se aleje del sitio privilegiado que ocupa por encima de los demás seres vivos. En ese deseo transhumanista por abandonar la forma humana, tal como sugiere O’Connell, “hay algo, al final, paradójica y definitivamente humano”.

 

 

Bibliografía consultada

Jordan Inafuku et al. (2010). Downloading Consciousness. Stanford University. Recuperado de: https://cs.stanford.edu/people/eroberts/cs201/projects/2010-11/DownloadingConsciousness/tandr.html

 

Mark O’Connell (2019). Cómo ser una máquina: Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas. Editorial Capitán Swing.

 

Ricardo Monterde Ferrando (2021). “Génesis histórica del transhumanismo: Evolución de una idea” en Cuadernos de Bioética.

 

Ricardo Piglia (2013). El camino de Ida. Editorial Anagrama.

 

Theodore Kaczynski (1995). “La sociedad industrial y su futuro” en The New York times.

 

 

 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992) es autor del libro de ensayos Punto ciego editado por Ediciones de Punto de Partida y la Dirección de Literatura UNAM. Actualmente, estudia la Maestría en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana Puebla. Además, es becario del FONCA en el área de ensayo creativo (Generación 2020-2021), mientras que en 2014 lo fue, también en ensayo, del PECDA-Puebla. En 2015 obtuvo el Primer Premio de Ensayo en el concurso 46 de la revista Punto de Partida.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Secretaría de Cultura