Tierra Adentro

Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Valente no podía decir la e. Por eso, cuando alguno de los otros niños del callejón le preguntábamos su nombre, él, ufano, contestaba: “ma llamo Valanta”. Y su edad: “siata años”.

“Ma llamo Valanta y tango siata años”. Respondía.

Era moreno, tenía los pelos necios como una escoba nueva, dientes grandes y blancos como Bugs Bunny y ojos cafés, casi miel. Tal era su aspecto cuando llegó a vivir a la colonia con su familia, viajeros del Bajío.

Si a Valente le preguntabas cómo estaba, él contestaba:

—Astoy bian.

Si le decías: “oye, ¿por qué no puedes hablar bien?”, él respondía, imperativo:

—No sa, así hablo siampra, dasda qua ara más chico.

Valente alargaba esas locuciones con un timbre gangoso. Cuando decía “Valanta” se escuchaba “Vaaalaaantaaaaaaa”. Lento y grumoso, como si trajera algún objeto atorado en el cogote, o la lengua le pesara dos kilos y la quijada, tres. Como si hubiera tragado una bola de papel y ésta viviera dentro de su hocico.

Valente era un chico normal, sólo que escogía pronunciar una vocal por otra.

Constantemente se metía sus canicas en la boca. Las introducía de a puños y las paseaba todo el día. Cuando reía con su gran sonrisa de burro, se asomaban diablitos, huevitos, tiritos, agüitas e incluso un balín o una bombocha. Su colección era inmensa porque su madre le compraba todos los modelos nuevos que llegaban a la Tlapalería Carrillo, donde nos surtíamos.

Valente podía llenar un bote de plástico de 19 litros con sus canicas.

—¿Quiaran var mis canicas?

Afuera de su casa, Valente arrastraba el bote con la preciada carga y los vaciaba sobre la tierra. Cuando lo hacía aprovechábamos para robarle. Mientras él se detenía, absorto, en alguna en particular, nosotros llenábamos nuestros bolsillos. Algunas estaban todavía húmedas por la saliva de Valente. Después corríamos a mezclarlas con nuestras propias y exiguas colecciones. En aquellos tiempos no era fácil conseguir un huevito o un balín. A Valente no parecían importarle las pérdidas. Y no dudo que en su rito de metérselas a la boca se haya tragado varias canicas.

 

Pronto fue una rutina preguntarle a Valente su nombre como pretexto por cualquier nimiedad.

—Valente, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?

—Ma llamo Valanta y tango siata años.

—Jajajajajajajajajajajajajaja.

—¿Por quá sa rian?

—Jajajajajajajajajajajajajaja.

—¿Cómo dijiste?

—Qua por quá sa rian.

—Es que, a ver, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?

—Ma llamo Valanta y tango siata años, ¡ya las dija!

Y, al vernos poseídos, Valente reía con nosotros. Mientras más lo hacía, comenzaban a brotar de su trompa chorros incontenibles de baba transparente, que escurrían al suelo. Comenzaba a emitir sonidos guturales, porcinos, que parecían ahogarlo y lo ponían rojo, como si su cabeza fuera explotar en mil pedazos.

“¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr! ¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

Entonces, extasiado, se tiraba al suelo y rodaba como lechón en un paroxismo infinito. Cuando al fin paraba, Valente no recordaba por qué reía. “¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

En sus pantalones, casi siempre de pana, advertíamos un diminuto círculo de meados alrededor de su pequeña bragueta.

—Ya te measte, Valente.

—Claro qua no, yo no ma mia.

—Jajajajajaja.

Valente huía corriendo a casa mientras nos gritaba y volteaba su cabeza de piedra: “yo no ma mia, yo no ma mia, yo no ma miaaaa, yo no ma miaaaaaa… ¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

Un vecino vio a Valente en la barranca con los pantalones abajo. Según su versión, lamía una Tutsi Pop. Daba una lamida a la paleta, redonda, perfecta, dulce, y luego se la metía por el culo. La sacaba, la lamía y la volvía a meter. El vecino, mayor que nosotros, aseguraba haberlo visto él mismo desde su azotea, cuya casa colindaba con el río de agua puerca que dividía nuestra colonia con la del frente.

A Valente le gustaba meterse las Tutsi Pop en el culo.

Desde otra perspectiva, reflexioné años después, Valente era un chico solitario. Porque de los tres o cuatro mocosos que compartíamos edad, él era el único que no estudiaba en ninguna escuela. Tenía la edad, pero no iba y nunca nos preguntamos por qué. Cuando el callejón se vaciaba de niños durante el día, él se la pasaba por ahí, jugando con los perros callejeros, yendo por la calle con su yoyo o chupando sus canicas.

Y, ahora sabíamos, restregando paletas Tutsi Pop en su esfínter.

Tiempo después su afición me recordaría un chiste que me contó mi primo: cada que la gente aventaba cacahuates a un changuito en el zoológico, éste los recogía, se los metía por el culo y luego los comía. En cierta ocasión alguien le preguntó al guardia por qué lo hacía: “Es que una vez le dieron un hueso de aguacate y, pues… ¡no salía! Ahora el chango es prevenido, primero checa si lo que le tiran cabe por la salida y luego se lo come”.

Pero eso fue después. Por aquellos años un comercial en la tele anunciaba una de las más grandes incógnitas de la Generación X: ¿Cuantas chupadas hay que dar para llegar al chiclocentro de la Tutsi Pop?

En el anuncio, un niño le preguntaba al búho mascota y logo de la marca, quien resolvía el misterio dando tres chupadas y una mordida al caramelo ante la cara estupefacta del infante.

Quizá, hipnotizado por ese comercial, Valente quiso hacer su propia versión.

—Valente, ¿te gustan las Tutsis?

—Sí.

—¿Y por qué te las metes por la cola?

—Claro qua no, yo no hago asas cochinadas.

—No te hagas güey.

Valente comenzaba a reír como puerco y corría a su casa.

Y nosotros quedábamos tirados soltando carcajadas.

Y a Valente no se le veía en dos o tres días por el callejón.

Pronto Valente ya no tenía siete, sino ocho años. Luago nuava, diaz… Pero seguía hablando igual. Un día se fue del vecindario. Lo perdimos. Nos perdimos, como tantos otros de mi generación, arrastrados por el sueño de cruzar la frontera a Estados Unidos, ser obreros, albañiles, empleados en bodegas, tianguis o talleres; o adheridos a una lata amarilla de pegamento para fijar tubos de PVC afuera de la Tlapalería Carrillo.

Valente y su risa de marrano se perdieron para siempre.

Ese año, 1997, el Teletón se transmitió por primera vez en la tele; pero no fue esa abominación la que me recordaría a Valente, candidato predilecto y la primera referencia que tuve de un niño down, sino las Tutsi Pops.

Cada que veo a alguien chupando una, pienso en Valanta.

An Valanta da siata años.


Autores
Es periodista y editor. Nació en la Ciudad de México. Es egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García (EPCSG). Fue ganador del concurso Estímulo Telefónica a la Comunicación (ETECOM) 2014 en la categoría de crónica escrita y de menciones honoríficas en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2017 y 2018. Colabora regularmente en suplementos como El Cultural (La Razón), Confabulario (El Universal) y en medios como Hojasanta, Vice, Noisey, Metrópoli Ficción y Planisferio.mx.
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