Tierra Adentro

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

I

A menudo me pregunto a qué me hubiera dedicado de no haber nacido con parálisis cerebral, de no habitar la superficie con estas especificaciones distintas, como ese enchufe que siempre necesitará de un adaptador distinto para funcionar correctamente. Siempre respondo: supongo que no habría sido escritora, que hubiera elegido otra cosa que hacer: sería médico, seguramente dermatóloga porque siempre me han llamado la atención los padecimientos cutáneos, de muy chica ojeaba los manuales de dermatología de mi padre con genuino asombro e interés. Me aprendí los síntomas de los distintos carcinomas de la piel, sus causas y sus tratamientos. Sabía reconocer entre una picadura de mosquito y un herpes. Pero no fui médico, cuando llegó el tiempo de elegir qué ruta tomar, escogí una que en la medida de lo posible no involucrara el cuerpo o al menos algo que no exigiera ser hábil con las manos.

Años antes mi padre había tenido una charla muy seria sobre mi precoz interés hacia la medicina: sí se puede, pero sería muy difícil. Van a pedirte exactitud, motricidad fina, precisión, vas a tener que usar el bisturí en las prácticas y no puedes titubear, me dijo la tarde en la que le comuniqué que elegiría la especialidad de laboratorio en el CBTis al que quería inscribirme al acabar la secundaria.

La idea de someter al escrutinio público -nuevamente- mi pulso y mi precisión, el recuerdo de la mañana de aquella disección de un sapo muerto en la clase de biología de segundo grado en el que casi le saco el ojo a mi compañera de mesa y el matraz roto que cayó al suelo del susto me hicieron reconsiderar mi decisión de ser doctora. No quería repetir esas situaciones desafortunadas y vergonzosas todos los días. No quería seguir comprando matraces para reponer mi falta de cálculo, para disculparme por tener parálisis cerebral y no controlar del todo los movimientos de mis extremidades superiores cuando me pongo nerviosa.

Así pues, me inscribí en un bachillerato general y dejé en paz los manuales de mi padre, los sustituí, mejor dicho, por las obras completas de Shakespeare, de Kafka, de Cervantes, y me volví, lo que se dice, una intelectual de pueblo.

Escribía y leía, y era todo lo que pensaba que sabía hacer en la vida, pues mientras el mundo físico se me había negado, lo metafísico se me abría como una posibilidad absoluta para desarrollarme y para no tener límites.

Y así un día salí del pueblo para estudiar periodismo y escribir poemas.

 

II

A diferencia de la vida real, somos en la hoja en blanco, lo que elegimos ser. Escribimos sobre nuestros deseos, emociones, visiones, a veces más personal, a veces menos, pero se diga lo que se diga, siempre somos el punto de inicio de lo que se escribe. Pero también somos y escribimos desde la suma de todo el azar que cargamos a cuestas, quiero decir, todo eso que no pudimos controlar y que fue a pesar de nosotros. Por ejemplo: no respirar correctamente a la hora de nacer y que el aire no llegara a mis pulmones y, por ende, a mi cerebro.

Reacción en cadena para el desastre. Hipoxia neonatal. Y aún así que el daño fuera solamente en la parte locomotriz de mi cuerpo y que mis capacidades intelectuales estuvieran intactas para tener la fantasía de una vida lo más normal posible; ir a una escuela normal, pública, pero darles explicaciones a los otros niños de tu forma de caminar cuando preguntan qué te pasó en el pie. Mentir cuando el que pregunta te mira con asco. Saber detectar el asco y la lástima en los ojos de los otros. Guardar los pormenores de mi condición para cuando tenía la certeza de que el otro que preguntaba valía la pena.

Y escribir desde esta conciencia nos hace reconocernos, blindarnos de lo que no controlamos, masticarlo y transformarlo en literatura lo vuelve bello. O a lo mejor lo vuelve menos doloroso, solamente.

Así pues, escribo parálisis cerebral en mis poemas para combatir las veces que alguien me llamó mongolita, lavadora, batidora, meneíto Cabrera, coja.

 

III

Dice la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, en su libro de crónicas La guerra no tiene rostro de mujer que «recordar es, sobre todo, un acto creativo», y yo suscribo totalmente a esta sentencia cuando miro para atrás y pienso en las vidas paralelas en donde existo aún, con o sin parálisis cerebral:

Lo recuerdo todo, pero he aprendido a dejar que la literatura y mi creatividad blinde las partes horribles -las burlas, los apodos, el asco, la lástima-, es la única ventaja que supongo, tiene el pasado para poder seguir viviendo en nosotros y no lastimar tanto.

Me pongo creativa al recordar pero también lo soy para imaginarme viviendo como un médico cuando me miro a los siete u ocho años pasando las páginas de los manuales de mi padre, o como una bailarina de ballet con piernas fuertes y coordinación perfecta, pues después de todo yo también pasé muchas horas de mi infancia ejercitándome en barras metálicas, puntas, talón, puntas para dar mis primeros pasos.

Y no tengo una respuesta aún. Soy esta que escribe.

Nombrarme y reconocerme con la exactitud de quien toma un escalpelo, retira la bala y sutura para que una herida poco a poco cicatrice y sane es mi manera de hacer justicia a esa que fui.

Quiero decir, soy, desde otro modo, exacta y precisa con las palabras. O al menos lo intento.

No era tan difícil.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Secretaría de Cultura