Tierra Adentro
Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire

Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire

¿Es el último álbum de Arcade Fire el documento más completo y dinámico de nuestra época, como quiso verlo Amanda Petrusich, quien lo definió como un pandemic record agotado y triste pero exultante de esperanza? Publicado el pasado 6 de mayo, en una fecha que los amantes de la música recordarán por la avalancha de lanzamientos mientras esperábamos que un asteroide chocase contra la Tierra, WE (Columbia Records) está construido en la oscilación que va del burnout emocional a la euforia por estar vivos, lo cual deriva en sus dos partes bien delimitadas donde el camino se ilumina por un relámpago que convierte el cielo negro en añíl. Si sus primeros discos hablaban de una vida análoga y concreta —de cavar túneles entre ventanas si la nieve entierra un vecindario o de buscar a alguien en cada coche que pasa mientras las ciudades cambian—, los dos últimos son un lamento ante el asedio de lo digital y su forma de moldear nuestra vida: la ansiedad, la soledad compartida, la hiperconexión. «And the dreams in your hеad/ The algorithm prescribed /Do you feel alright?», cantan en “End of the Empire”. Lo que se soñaba ironía marca Bauman feat. McLuhan en Everything Now (2017) y terminó siendo un disco a medio hacer, en WE –sexto álbum de los canadienses– pasa por testimonio y experiencia apropiada. Ya no se trata de criticar la vida del aislamiento digital agudizado por la pandemia, sino de dejar registro de ello.

 

Las canciones de la primera parte dan cuenta de una sociedad narcotizada y sola, el ambiente que tiñó la vida del mundo entero en los últimos años a pesar de haber sido escritas antes de los confinamientos. “Age of Anxiety I” y “Age of Anxiety II (Rabbit Hole)”, cuyos títulos provienen de un verso de Ferlinghetti («and I am waiting / for the Age of Anxiety / to drop dead») además de la obvia referencia a la obra de Lewis Carroll, están pobladas por televisiones encendidas, laberintos de imágenes que no reflejan más que fantasmas y posters de una acrópolis en llamas —el espíritu de nuestra época. No es casual entonces que ambas preceden a un lamento en clave réquiem por un mundo en colapso como “End of the Empire” y sus cuatro partes en dos canciones, las cuales imaginan un imperio en ruinas donde toda esperanza es permanecer junto a alguien. De ahí el puente, la constatación de que la única manera de llorar a un mundo agotado es teniendo a alguien que escuche (para no ser más que un árbol cayendo en mitad del bosque).   

 

El tránsito del yo al nosotros también es musical, una vuelta al pasado: “The Lightning” I y II suena a aquellos chicos que irrumpieron en la escena con un sonido particular, frenético y melódico a partes iguales, hace casi veinte años (los mismos que, como contaba Butler en una entrevista, mezclaban a los Pixies y Dylan con Arvo Pärt o Debussy entre las referencias en un cartel con que buscaban nuevos músicos para unirse a su proyecto en los inicios de la banda). ¿A qué suena? Al sonido de una tormenta. Hemos sido golpeados y rotos, pero ahora podemos testificar, dicen. En esa segunda parte, “Unconditional I (Lookout Kid)” adquiere la forma de una canción de cuna para el final de los tiempos, una ética para Edwin Farnham Butler IV. En estas canciones parecen decir que, en última instancia, no hay respuestas en los truenos, solo sentimientos volcados en ellas. Con reminiscencias al Reflektor de 2013 —ese disco para bailar mientras lloras, como lo definió su productor, James Murphy— la colaboración con Peter Gabriel en “Unconditional II (Race and Religion)” opera como ese crisol de los sonidos de la banda para quienes las referencias son una caja de herramientas de cual echar mano y que acaso se antoja inagotable. «The light arrives from the past/ Hits your eyes before it divides into colors/ You and me could be we/ Could be we», cantan a dúo Régine Chasagne y el antiguo miembro de Genesis. 

 

En el post con que anunciaban la publicación del disco, Win y Régine invitaban a ponerse los audífonos y brindarle cuarenta minutos de tu vida para escucharlo. Invitaban a una pausa no contemplativa pero sí estética. La verdad es que a las muchas puestas del mismo disco, la segunda parte se antoja escueta, abigarrada pero escueta; se echa de menos eso que en otros discos sobraban: canciones a medio hacer, anticipaciones de los nuevos linderos musicales que explorarían más adelante, piezas que no encajaban del todo en tal o cual álbum (y que quizá nunca lo harían). Cada capa y arreglo están tan medidas que parece como si faltara algo —la emoción no se puede delimitar, o sí, pero a riesgo de abandonar a unos cuantos. El proceso de producción, en aislamiento y a caballo entre tres estudios, pueden dar una pista para entender: las canciones se escribieron en solitario por el matrimonio en su casa de Nueva Orleans y luego fueron grabadas a contratiempo con el resto de la banda entre El Paso y Maine. Todo, cuentan, estaba más o menos definido de inicio. Y se nota. No hay margen para la exploración, es como si un viajero decidiera apostar por conservar el mapa sin explorar demasiado el territorio.

 
En la última canción del disco, pervive la promesa de huir de la vida. En “We” —la canción que da título al disco y la cual está tomada de la novela distópica de Yevgney Zamyatin que su abuela le leía a Butler— como en “The Suburbs” («grab your mother’s keys we’re leaving»), la invitación a abandonarlo todo por un rato se asienta con la intromisión de la megafonía de un metro o tren: próxima estación. La diferencia es que ese nosotros asociado a una pareja o grupo de amigos de las viejas canciones adquiere ahora la forma de uno que refuerza la noción de comunidad que sostiene al disco: un testimonio anticipado del mundo que padecimos los últimos dos años (“preferiría que nunca volviéramos a estar solos porque los últimos dos años fueron jodidamente horribles”, confesaba Butler en su concierto del AT&T Block Party del mes pasado). Un tiempo que nos dejó con fatiga crónica y, como anotaba un conocido filósofo esloveno, con una indiferencia que no era celebratoria sino desesperada. Dos años pasaron de las ganas de renovarlo todo a rendirse ante la realidad. Probablemente lo que venga sean más discos como testimonio de este tiempo —lo es, por ejemplo, a su manera el We’ve Been Going About This All Wrong de Sharon Van Etten, publicado el mismo día— solo para descubrir que de alguna manera todos los confinamientos infelices se parecieron unos a otros. Da igual, de eso se trata, de recordar el camino ¿Cuándo acabe podremos pasar por esto otra vez?

Secretaría de Cultura